Veo sus ojos reflejados en ese último vaso de whisky. Su mirada triste, perdida en los hielos. Su mente divagando, preguntando ¿Que estoy pagando? Lo observo desde el otro lado del Bar. Sus rizos negros, su piel blanca, sus ojos miel. Su boca, la boca que me besaba con tanto amor, con tanto deseo, ahora en un rictus de concentración.
Me sorprende haberlo visto entrar, cuando yo entre exactamente por lo mismo. Esa soledad indefinida, que a veces pesa por los recuerdos que trae. Y el que diga que nunca la ha sentido, esta mintiendo. Con que fuerza bruta lo amé, con que ganas cogíamos, sin pudor, sin lamentos, a veces con dolor, a veces amo, a veces esclavo. Siempre cumpliendo mis caprichos.
Definí mi rumbo cuando decidí crecer sin ayuda de nadie. El contrariado, de mala gana y con rencor me dijo "Si te vas, te vas sola". Yo, como siempre, independiente y sin miedo de correr sola; así lo hice. Y en el camino de crecer, nos buscamos incesantemente. A veces dos o tres ocasiones seguidas, a veces solo una. Hasta que por fin parecía que habíamos desaparecido el uno para el otro.
Ahora después de 13 años, lo vuelvo a encontrar casualmente. Pero nada es casual. El lugar nos conoce. Somos animales de costumbres y la soledad recordando te lleva a andar por los mismos caminos. Recuerdo absolutamente todo detalle, bueno, malo y regular. Marcó mi vida, un parteaguas que todos tenemos.
Lo sigo observando envuelta en nubes de posibilidades. Se muerde el labio, tan fuerte y sin darse cuenta que sangra por la comisura de los labios. Tomo mi vaso, me acerco a su mesa y me siento a su lado. No se percata, limpio su sangre con la servilleta. Me ve y su mirada comienza a esclarecerse con los recuerdos de mi cara. Por fin sonríe, me toma la mano y la besa.
Su mirada triste y su voz apagada - ¿Qué estoy pagando? - Sus ojos regresan a reflejarse en el vaso de whisky.

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