Siempre jugaba con el peligro,
siempre andaba inventando fantasías para divertirse, entretenerse. Esa era su secreto mejor guardado y por años había sido cuidadoso. Hasta que un
día, él se enamoró de la persona equivocada, aunque al principio era perfecta.
Entraron al mismo juego en un
casino. Seleccionaron el mismo objetivo. Una mujer de mediana edad, muy atractiva,
con el dinero de su difunto esposo, llena de ansias por diversión y sexo, sexo
sádico. Ambos sabían leer ese tipo de miradas hambrientas. Él, discreto, había
estado usando sus mejores sonrisas, miradas y encantos para conquistar al
objetivo. La mujer estaba halagada de que él le estuviera coqueteando. Además
en un casino de ese renombre no entraba cualquiera. Cuando él estaba listo para
acercarse, porque sabía que tenía el sí en la punta de la lengua de esa mujer,
la jugadora se acercó. Esa pequeña mujer con una personalidad de dos metros de
altura, vestida de blanco, piel dorada, ojos negros, labios rojos y rizos que
parecían tener vida propia. Se detuvo a observar a la jugadora y vio como ella
en 2 minutos de sonrisas logró lo que él había tardado media hora de seducción.
Cuando se alejaron las dos a tomar
una copa a otro lado, él discreto las siguió. Se dio cuenta de que la jugadora
lo miraba de soslayo y le sonreía, seduciéndolo. Entre sonrisas risueñas, plática
femenina y caricias discretas, sorpresivamente la jugadora se acercó a él.
- Se
perfectamente que ella era tu conquista de la noche, le he propuesto que te invitemos, así
que deberías aceptar.
- Acepto
preciosa.
En una frase él se enamoró de ella,
de su mirada, de su actitud, era la mujer que siempre deseó… Doblegarla,
romperla, dominarle, esclavizarla. Sería encantador lograr eso con ella. Eso
pensaba hasta que la vio “trabajar”.
La
noche fue llena de fantasía y dolor. La conquista quedó “muerta” de placer. Nunca
se imaginó las mil formas de asustar que podías lograr con una fusta y un
escalpelo. La hicieron gozar así como la hicieron gritar. Ella era dulzura
envuelta en chocolate amargo. Lo más hermoso de esa noche fue la escena cuando
él estaba violando a la dama, que lloraba amargamente, cuando llegó ese
pequeño llaverito y comenzó a besarla suave, mientras acariciaba su cabello y le
hacía pequeños cortes en los brazos. Para cuando él terminó, la mujer estaba realmente
asustada. Pero ella hizo algo más, mientras lamía el clítoris hinchado y
lastimado de la víctima, llevándola al climax de placer a pesar de su terror,
lo invitó a entrar en ella. El observaba extasiado el terror y el placer mezclado en la cara de
la mujer amordazada. Sentía la humedad de su “compañera”, los tres llegaron
juntos al orgasmo. Pero la pequeña hizo una obra de arte. Besó a la dama que
los ocupaba, lánguida y sensualmente, cuando sin previo aviso le cortó el
cuello. Se bañó en sangre y el excitado la tomó por la cintura y violentamente
la penetro mirándola a los ojos. Ella gritó, forcejeó y al final lo beso. En
cortó tiempo ella se corrió varias veces para él y cuando él finalmente lo
hizo, ella hizo un corte superficial en su estómago y luego en el de él, lo
abrazó fuerte y le dijo al oído.
- Eres mío. Siempre.
Pasaron años, llenos de dicha, pero un buen día ella comenzó a ser cada vez más distante, el último viaje lo hizo solo y se sintió frustrado. El juego lo había cambiado por ella y ahora ella no estaba. Regresó a casa hecho un demonio y la confrontó.
- Estoy embarazada.
El terror se apoderó de él. Nunca pensó en algo semejante y no se imaginaba lo que podía ser tener una familia de monstruos. Por que todo "eso" se hereda. Ella lo miró estudiándolo y cuando sonrió, se fue sobre ella a los besos, caricias, abrazos y le hizo el amor.
En medio de la noche, mientras ella dormía plácidamente, el salió a caminar. Pensaba y le daba vueltas al asunto. La conocía perfecto, cuando tomaba una decisión era imposible hacerla cambiar. Tenía que hacer algo, algo drástico.
Con la paciencia de los demonios, esperó a tener la ventaja. Casi nueve meses de gestación de ventaja. Fingió un completa alegría, aunque era verdad, su propio monstruo no lo dejaba en paz.
Para principios del noveno mes la llevó de fin de semana a la Ópera en Nueva York. Habían comprado el pase para toda la temporada y se presentaba una de las operas que más le gustaban a ella, Turandot. Emocionada, lloró con la ópera.
- Se ve tan hermosa llorando por esa opera
- Si, quien diría que tiene la sangre fría y la mente calculadora y lleva un monstruo adentro.
- Tal vez sea distinto.
- No, tu sabes que no.
Ese dialogo interno lo ensimismo. Cuando salieron la invitó a un paseo por Central Park, antes de entrar al departamento. El vestido que traía era negro hermoso, el cabello recogido luciendo sus rizos. Acariciaba su vientre cada día más grande. Le dio un segundo de arrepentimiento cuando iba a hacerla rodar por las escaleras. Ese segundo fue la ventaja de ella. De una bolsa oculta del vestido, ella sacó su adorado escalpelo y le cortó el brazo. Huyó en dirección opuesta al camino y se escondió entre los árboles. Su monstruo esta irritado de verdad. El corte era profundo y había perforado una arteria. Sabía que tenía poco tiempo antes de perder fuerzas. Y ella era toda una guerrera... Su guerrera.
El vestido, el tamaño y sus sentidos la favorecían. El no cazaba de noche a campo abierto por la vista, le pesaba la oscuridad. Ella, aunque la vista la tenía cansada, había desarrollado sus sentidos por que disfrutaba de caminatas nocturnas por el bosque, sola. El sabía las ventajas y desventajas, tenía que aprovechar su embarazo para atraparla.
Encontró los tacones, pero sabía las trampas que implicaban. Trató de calmarse, pero sentía la sangre de su brazo correr. Sigiloso, buscó entre los arboles. La logró ver de reojo dirigirse a él sin ser lo suficientemente rápido, ella hizo otro corte en la cara interior de uno de sus muslos. El dolor fue impresionante, lanzó grito desgarrador sabiendo su derrota y cayó de rodillas. Otra arteria...
Ella se paró en frente y se dobló gritando. Las contracciones eran dolorosas, desgarradoras. Se recargó en un árbol y comenzó sus ejercicios de respiración. El tirado en el suelo desangrándose poco a poco, observo el proceso, acelerado del parto provocado por la adrenalina de ella al defenderse.
- Te dije que era el peor demonio que habíamos encontrado
- Lo sé, pero también la mejor mujer que hemos tenido
- Lo sé, deberíamos haberlas matado la noche en que las conocimos, demonio y mujer juntas.
Escuchó el llanto de su hijo nacer. La risa de ella era como agua de río.
- Mira, el mejor de nuestros juegos hecho carne.
Se acercó a darle un beso en la boca, un beso tierno, de despedida. Su último aliento se desvanecía. Alumbrada por la Luna se veía hermosa con su hijo en brazos. La amaba, profundamente, pero aceptó que siempre le tuvo miedo.
- Llevará tu nombre.
Con la paciencia de los demonios, esperó a tener la ventaja. Casi nueve meses de gestación de ventaja. Fingió un completa alegría, aunque era verdad, su propio monstruo no lo dejaba en paz.
Para principios del noveno mes la llevó de fin de semana a la Ópera en Nueva York. Habían comprado el pase para toda la temporada y se presentaba una de las operas que más le gustaban a ella, Turandot. Emocionada, lloró con la ópera.
- Se ve tan hermosa llorando por esa opera
- Si, quien diría que tiene la sangre fría y la mente calculadora y lleva un monstruo adentro.
- Tal vez sea distinto.
- No, tu sabes que no.
Ese dialogo interno lo ensimismo. Cuando salieron la invitó a un paseo por Central Park, antes de entrar al departamento. El vestido que traía era negro hermoso, el cabello recogido luciendo sus rizos. Acariciaba su vientre cada día más grande. Le dio un segundo de arrepentimiento cuando iba a hacerla rodar por las escaleras. Ese segundo fue la ventaja de ella. De una bolsa oculta del vestido, ella sacó su adorado escalpelo y le cortó el brazo. Huyó en dirección opuesta al camino y se escondió entre los árboles. Su monstruo esta irritado de verdad. El corte era profundo y había perforado una arteria. Sabía que tenía poco tiempo antes de perder fuerzas. Y ella era toda una guerrera... Su guerrera.
El vestido, el tamaño y sus sentidos la favorecían. El no cazaba de noche a campo abierto por la vista, le pesaba la oscuridad. Ella, aunque la vista la tenía cansada, había desarrollado sus sentidos por que disfrutaba de caminatas nocturnas por el bosque, sola. El sabía las ventajas y desventajas, tenía que aprovechar su embarazo para atraparla.
Encontró los tacones, pero sabía las trampas que implicaban. Trató de calmarse, pero sentía la sangre de su brazo correr. Sigiloso, buscó entre los arboles. La logró ver de reojo dirigirse a él sin ser lo suficientemente rápido, ella hizo otro corte en la cara interior de uno de sus muslos. El dolor fue impresionante, lanzó grito desgarrador sabiendo su derrota y cayó de rodillas. Otra arteria...
Ella se paró en frente y se dobló gritando. Las contracciones eran dolorosas, desgarradoras. Se recargó en un árbol y comenzó sus ejercicios de respiración. El tirado en el suelo desangrándose poco a poco, observo el proceso, acelerado del parto provocado por la adrenalina de ella al defenderse.
- Te dije que era el peor demonio que habíamos encontrado
- Lo sé, pero también la mejor mujer que hemos tenido
- Lo sé, deberíamos haberlas matado la noche en que las conocimos, demonio y mujer juntas.
Escuchó el llanto de su hijo nacer. La risa de ella era como agua de río.
- Mira, el mejor de nuestros juegos hecho carne.
Se acercó a darle un beso en la boca, un beso tierno, de despedida. Su último aliento se desvanecía. Alumbrada por la Luna se veía hermosa con su hijo en brazos. La amaba, profundamente, pero aceptó que siempre le tuvo miedo.
- Llevará tu nombre.
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