Era
el mejor cirujano del país. Dentro de su especialidad era uno de los 10 mejores
del mundo. Pero eso no impedía que tenía que hacer sacrificios personales tan
grandes que le dolían a muerte. Eso pensaba mirando al amor de su vida.
Cuando
tenía 25 se enamoró. No vivieron juntos, sin embargo concibieron una hija.
Cuando la conoció en el quirófano se enamoró perdidamente de ella. Su pequeña
hija. Hermosa, sus rizos, su sonrisa, la risa cantarina al jugar con ella
iluminaba su vida. Era la única personita en el mundo que parecía distraerlo
del dolor que tenía que ver todos los días. Pero el alcohol estaba más a la
mano siempre.
El
dolor de las personas lo carcomía. Pensaba en la primera noche que pasó en un
hospital, lloró como niño al ver morir a una mujer embarazada. Sin darse cuenta
alguien se sentó a su lado. Le acarició el cabello y comenzó a murmurar una
suave letra que realmente no entendió. Su cuerpo; ante la dulce tonada comenzó
a relajarse; sus lágrimas fluyeron limpiando todo. Cuando se sintió mejor
volteó a verla. Esa mirada dulce y penetrante, como entendiéndolo todo, sus
rizos negros y su piel dorada. La sonrisa de alguna manera le daba tranquilidad
a su alma. Sin embargo había un halo oscuro que se intuía, lo podía sentir. Lo
descarto por ser un “hombre de ciencia”. Él podía curar al mundo, ayudarlos a
todos, solo con sus manos.
- Es
normal que sientas la muerte de las personas aunque no las conozcas.
- No,
no puedo ponerme así cada que muera alguien en mis manos.
- Debería
de haber una forma de que nadie muera en tus manos…
Eso
sonaba a invitación. Sonaba a deseo, anhelo, consagración… Un ofrecimiento que
él no quería rechazar. Todo su corazón se estrujaba pensando en lo que
anhelaba. La miraba, dudando del ofrecimiento.
- Es increíble
lo que a veces anhela uno, yo por ejemplo, anhelo una hija…
Escuchaba
atento, tratando de leer entre líneas, pero no alcanzaba a entender quién o qué era ella. Ella suspiró, fue como
escuchar a alguien expirar o morir. Un
suspiro de tristeza infinita, de anhelo jamás consumado. El sintió tanta pena por
ella que la abrazó, fue su turno de consolar a alguien.
- Yo
pienso que si puedo superar el dolor de que alguien muera en mis manos, tú
podrás pronto tener a la hija que anhelas. La mente lo puede todo.
Ella
sonrió y lo miró nuevamente a los ojos, pero esta vez no hubo dulzura en su
mirada, solo dos pozos negros, profundos y llenos de oscuridad, sin dolor, sin
penas, solo… paz.
Después
de esa noche, vinieron los mejores momentos de su vida. Su primer amor, la
madre de su hija. El verdadero amor de su vida, su hija. Su carrera en ascenso,
sus intervenciones exitosas, su especialidad, sus libros, su participación en
otros países. Comenzó a consagrarse como ese gran cirujano que todos anhelan.
No había nada que él no pudiera lograr. Pero para esto tuvo que dejar atrás a
su hija. Llegó un punto donde no había momento para dedicarle. La última
ocasión que habló con ella le prometió llegar un sábado a verla. Nunca llegó.
Simplemente, sin despedirse la dejó atrás. Sin saberlo le rompió el corazón, su
pequeña de 4 años supo entender cuando su madre le dijo Papá es cirujano, tiene que ayudar a mucha gente. Después de eso
nunca lo volvió a ver, hasta que tuvo 20.
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| (Foto @ELPSICOTATUADOR) |
- Hija
mía...
Cuando llegó al hospital, al borde de morir, luchaba inconscientemente contra la oscuridad que la quería arrastrar. Muy dentro deseaba que su padre estuviera ahí para salvarla. Sabía que nadie moría en sus manos. Lo seguía sin ser vista, anónimamente observaba sus logros y se enorgullecía de tener un padre como él. Sin embargo le huyo a la medicina a pesar de tener el gusto por todo lo que a ella pertenecía. Parecía que sus deseos se realizaban.
Su padre estaba casualmente en ese hospital, a esa hora y pasaba por urgencias... Pero repito, nada es casual en esta vida ¿o si? Cuando escucho en medio del bullicio el nombre del amor de su vida, se congeló. Sudó frío y quería morir. Se acercó como ido a verla. Su cabello, su piel, sus ojos mirando al infinito. Su amor, su niña de cuatro años otra vez frente a él. La recordaba llorando de la última vez que la vio. Reaccionó y se acercó, girando indicaciones, ordenando para que todo estuviera listo, para intervenir y salvarla.
Justo antes de entrar pasó a su oficina y al cerrar la puerta ahí estaba ella, sentada, igual que hace 20 años. Lo miró y sonrió.
- Tu decides...
El salió caminando hacia atrás sin dejar de verla. Tu decides. Sabía y no, lo que eso significaba, su lucha interna llegó al límite cuando entro a quirófano. Comenzó bien el reparador de corazones rotos. Decidido a arreglar el único corazón que él había roto y el que más importaba. Pero al llegar a un punto crítico, en una esquina oscura vio una sombra, distinguió la cara y observo sus labios articulando Tu decides.
En su oficina solo, tomando un whisky, mudo y absorto en sus pensamientos, reflexionando, se encontró escuchando su voz explicandole a la madre de su hija lo que había pasado. Colgó al no poder soportar los llantos desgarradores y su propia cabeza repitiendo Tu decides Tu decides Tu decides.
Años después de glorias, de alcoholismo, de sufrimiento y dolor; se encontraba cenando en un restaurante de un sobrino con todos sus colegas. Doctores renombrados comiendo y bebiendo cuál Dioses. El sonriente, pero alejado, vivía recordando el dolor y un bocado del manjar que comía sin saborearlo, tomó el camino equivocado. A pesar de estar rodeado de doctores nadie se percato de su "broncoaspiración" a tiempo. El mundo comenzó a volverse negro y antes de perderse observo la sombra que tomaba forma y se acercaba a él sonriendole, con la mirada dulce. Su corazón se rompió al ver quien era en realidad.
- Hola Papá.

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