En el medio de ese horrible centro comercial inconcluso y abandonado estaba él. Gritando sin poder recibir ayuda. En el borde de la locura y el dolor. Por un segundo olvidó todo el dolor espiritual y solo quedó el dolor físico.
Hace años conoció a la mujer ideal. Su carrera iba despuntando brillante, sus ideas plasmadas en grandes espacios llenos de luz. Funcionales y sin embargo con un estética maestra. Cualquiera podría sentirse bien, independiente de la clase social, sus obras las disfrutaba cualquiera. Esos espacios fueron su perdición.
Ella, con una obsesión un cuanto extraña por él, fue creciendo conforme pasaba el tiempo a su lado. Le daba ideas, lo alababa y lo cuidaba. Él, agradecido por esa malsana devoción, salpicaba la relación con toques de oscuridad para acrecentar la enfermedad. La engañaba sin el más mínimo tapujo de pudor. La forzaba a tener relaciones con otros, la despreciaba en público para en la intimidad tenerla a su merced. Eran un pareja simbiótica. Funcionaba perfectamente. Su perdición comenzó cuando él cambio de obsesiones.
Lo primero que vio fue el terreno e inmediatamente dibujo en su mente los espacios, la vista, los lugares. Cuando lo compró la empresa lo primero que le pareció extraño fue la vendedora. Era la dueña. Se veía peligrosa, atractiva, de alguna manera irresistible.
- El lugar siempre me gustó, pero no me animé a hacer nunca nada con él.
- ¿Por que lo vende?
- Realmente solo quiero que alguien lo aproveche realmente y usted me parece el indicado.
- Yo podría asesorarla sobre que construir.
- No, gracias, estoy segura que ese lugar esta destinado para usted. Se siente como en casa ¿No es así?
- Si, algo así...
La verdad era que se sentía como emperador en ese lugar. No sabía lo que estaba dando a cambio. Cuando firmaron las escrituras, ella no apareció, solo fue un representante con un poder notariado y que simplemente le urgía salir de ese lugar. Una de las condiciones de venta era firmar las escrituras en el mismo terreno que se compraba. Extraño, pero él estuvo de acuerdo.
Su obsesión fue en aumento conforme fue desarrollando el proyecto. Los planos cambiaron mil y un veces, nunca satisfecho, comenzó a trabajar a deshoras y no regresar a casa. Ella aunque relajada comenzó a marchitarse por su ausencia. Él sin darse cuenta le pasó lo mismo. La construcción se postergó demasiado y su empresa al borde del colapso lo forzó a comenzar. Durante la construcción miles de causalidades pasaron. Contratistas renunciando, trabajadores desapareciendo, muertes inesperadas y los planos seguían cambiando.
Un día la ex-dueña llegó. Lo visito con la frase trillada de "iba pasando por aquí". Cuando la vio, pensó inmediatamente en los súcubos. A pesar del vestido, todos los trabajadores guardaron un extraño silencio y una actitud reverencial desconocida para él.
- Hola, que gusto verla por acá.
- Iba pasando y pensé en entrar a ver como iba su proyecto
- Hace frió aquí ¿gusta que salgamos?
- No, me gusta el frío del concreto. Es... sádicamente placentero.
Extrañaba el placer de estar con una mujer y después de unas cuantas copas, el instinto no tardó en aflorar. Además ella despedía esa atracción que los machos no pueden resistir, ese olor que solo incita a la violencia. En esa improvisada oficina gozó de los placeres carnales más añorados. Mordió una piel inmaculada, bebió de una fuente dulce, araño esas nalgas perfectas, devoró cada centímetro de piel que le ofrecieron. La sodomía fue el regalo más delicioso. Lo hizo sin delicadeza y ella grito por más. Ella cometió las felaciones más llenas de lujuria que hasta ese momento no conocía. Al terminar estaban jadeantes, con sangre en la boca, piel debajo de las uñas, labios hinchados y la piel del cuerpo marcada por dientes, uñas (garras le parecían a él) y sudor. Sin darse cuenta la noche llegó. Al percatarse del silencio, observó la hora y no podía creer el tiempo que había perdido con esta mujer. Tenía tanto trabajo por hacer, revisar los planos, los cambios en obra, los ajustes....
- Este lugar te va a traer la muerte ¿Sabías? Te esfuerzas demasiado. Tu cerebro puede explotar.
Viniendo de esa persona, un frío recorrió su espalda y cortó la sensación del alcohol que había ingerido y el sexo placentero se convirtió en repulsión hacia sí mismo. Sintió el peso de una maldición.
- Mi padre, que en paz descanse se obsesionó tanto con tener este lugar que se perdió de tenerme en brazos. Murió el día que yo nací.
Otra maldición. Se sentía sucio, como con una capa de brea por el cuerpo.
- Deberías de sentarte al lado del camino y dejar pasar todo ante tus ojos antes de que se convierta en enfermedad.
¿Que no para de lanzar maldiciones esta Bruja?... En cuanto pensó en la palabra se dio cuenta de que era lo que tenía enfrente. Una bruja. Esos rizos, esa sonrisa, esa mirada, el sexo con ella. No eran naturales. Ella se rió y sintió que algo se rompía en su cabeza. Cerró los ojos escuchando esa risa y cuando los volvió a abrir estaba próxima el alba.
Su obsesión había cambiado, había sido mezclada con otra cosa, con el retumbar de las maldiciones en su cabeza y el orgullo que le impedía dejar el proyecto inconcluso. Los dolores de cabeza crecieron en frecuencia e intensidad. En casa comenzó a despreciar al amor de su malsana vida. Ella triste y cada vez más marchita, le rogaba implorando por su atención. Hasta que un día apareció en la obra después del anochecer.
- Estoy cansada de tu falta de atención ¿Que pasa?
- Tengo mucho trabajo ¿No te das cuenta? Este es el proyecto de mi vida.
- El proyecto de tu vida somos nosotros
- ¿Nosotros? ¿De que habl....
Cuando se percató de lo que significaba ese "Nosotros" algo terminó de romperse en su cerebro. La ira de la segunda maldición le pesaba en el alma, no quería morir, quería vivir por siempre a través de sus obras maestras. Ella y eso que traía en el vientre no se lo iban a impedir, no les iba a regalar su monumento de belleza. Su cabeza hizo un chasquido extraño y un dolor inconcebible lo atacó. Pero la fiera en él atacó primero a la mujer que lo veneraba. La tiró al piso de muestra, del centro inmaculado de ese lugar, iluminado por la luna como si fuera un altar. Ciego de ira la golpeó una y otra vez, observando la cara de la bruja riéndose. Esa cara se fue deformando a una masa deforme de huesos, sangre y masa cerebral...
Cuando reaccionó, estaba hincado en un charco de sangre, observando el cuerpo de su amada laxo, sin rostro, sin cabeza. Huesos y masa cerebral regados por su ropa, sangre en su cara y manos. El dolor de su cabeza cada vez era más fuerte, insoportable. Continuó gritando hasta que el dolor ahogó sus gritos. La locura tomó posesión de él solo unos minutos. Sus oídos comenzaron a sangrar y antes de desplomarse escucho una voz que venía desde las sombras.
- Le dije arquitecto, este lugar le iba a hacer explotar el cerebro.
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