Soy ese tatuaje que indeleble se quedó grabado en tu memoria. Como todos esos que ya carga tu piel y que no sabes quien eras cuando comenzaste a entintar tu cuerpo.
Primer fui la imagen prístina y colorida de lo que querías que yo fuera. Era la batalla perdida que de niño te dejo frustrado y ahora la oportunidad de redimirte se presentaba conmigo. Yo era la carrera bajo la lluvia para guarecerse bajo un enorme pino en el bosque, la sonrisa y risa, mirándonos a los ojos, empapados, para después besarnos tiernamente. Elevando el fuego fatuo que nos rodeaba a hoguera de inquisición. Cayendo uno en brazos del otro, sin mediar las consecuencias y el porqué de esta extraña pasión. Con sexo tan ardiente y perfecto de pareja que se conoce de hace años, que sin palabras el otro entendía la siguiente caricia.
Recuerdo tus ojos miel antes del beso bajo la lluvia y haber preguntado tres veces tu nombre porque no entendía lo que decías, así de nerviosa me tenías. Seguimos varios meses y casi un año duramos uno al lado del otro, viendo como los colores perdían intensidad hasta que se volvieron una lluvia en la ciudad gris y llena de asfalto, donde ya no corríamos de la mano. El refugio ahora era un café con silencios en lugar de galletas. Donde la incomodidad se palpaba en cada sorbo y hasta se escuchaba a las mentes tratando de decidir si romper el silencio, o quedarnos en nuestras esquinas por temor a enfrentarnos.
Ahí, en esos momentos de indiferencia, mi tatuaje deslavado en tu cabeza se preguntaba cuándo acabaría en el olvido. Y hoy sigo dando vueltas por tu cuerpo como bacteria camuflada con tu flora. De pronto acaricias esa parte donde aún queda algo de color de lo que fui para ti un día. Te preguntas donde te encontrarías de haber refrescado las líneas con nuevos cartuchos de tinta, enfrentando el dolor que causa renovar un dibujo y convertirlo en mural de la parte más triste y dichosa que has tenido en tu vida.
Por un momento lo intentaste porque sabías que solo conmigo podrías llorar el dolor tan grande que cargabas en el pecho. Estuve a tu lado sin rechazarte, te acune con cariño y todo el amor que soy capaz de darte, hasta que dejó de doler y te enfrentaste a que otra vez jamás podrías controlarme. Porque sabías que siempre me escapaba entre las rendijas que tu dejabas desatendidas. Y nuevos paisajes aparecían en tu vida. Yo, consternada, dejé que te alejaras. Aún no comprendía mi propia naturaleza, cuando tu ya me tenías catalogada. Me pediste silencio y lejanía sin decir una sola palabra, siempre he sido buena para leer lo que no se dice en voz alta.
El amor que te tengo aun existe por que no se mide, no necesita control, ni sacrificios que vacíen, no invade y no exige. Ese amor sin apego es el que se tatuó en tu alma. Y ahora, cariño, te acaricio de lejos y a veces veo que quieres romper el silencio y acortar la distancia solo porque has acariciado el dibujo tatuado de tu vida a mi lado. Con la cruel esperanza de que el para siempre exista entre dos personas que ya no recuerdan quienes eran en la primer lluvia donde se besaron en ese bosque de asfalto, hace ya más de 25 años.