Las obsesiones surgen de
algo muy profundo en tu cabeza, algo extraño que te impide “soltar” a alguien,
algo. Una voz alimenta esas obsesiones, con discretos “¿Y si…?” Añade lo que
quieras en los puntos suspensivos. Su trabajo es ponerte mal, destrozarte el
día y hacerte pensar “obsesivamente” en ese algo o alguien.
Ella vivía dentro de los
límites de lo normal, aunque nunca se sintió así. Normal era una palabra tan
rara en su vida, que ella misma se sentía ajena. Había parámetros mentales que
se desviaban de lo normal, pero no alcanzaban grados de gravedad.
Él llegó tempestuosamente
en su vida. Sin aviso, sin señales, sin nada. Llegó con todo, con esa mirada en
verde, la ternura más grande, la comprensión absoluta y la madurez inaudita. Un
alma vieja. Camina sola por la calle, joven, inmadura, viviendo a escondidas lo
que la sociedad tachaba como una mujer de dudosa reputación. Él la vio acercarse y
cuando pasó junto a él, no dudo en decirle “No sabes cómo te mordería esa boca”.
Que sorpresa la de él, que ella volteara, sonriera y entrara al mismo lugar
donde él laboraba.
Durante días, espió, vigiló y no la vio. Pensaba en lo extraño que era, siendo una empresa no muy grande, no haberla visto. Y ahí estaba su subordinado hablando de nuevo con esa dulce voz que ponía en el altavoz, mientras el no olvidaba esa sonrisa y esa mirada.
- Hola ¿Cigarrito?
- Bueno, pero ven por mi.
- No ven tu, tengo una duda en un avance y tu si le vas a entender.
- Ay, no puede ser, hasta parece que estudiaste Ingeniería Industrial.
- Jajajaja, es que tu eres civil. Sabes más de esto que yo.
- Bueno, ahí voy, pero invitas el café.
Le encantaba escuchar esas conversaciones, algunas eran más atrevidas, ella tenía esa voz que de alguna manera cautivaba. No era sensual, pero la intención, la modulación y la risa, le causaban curiosidad. Escucha tras la mampara, la conversación como de adolescentes enamorándose. Se ríe pensando en el tiempo que lleva sin sentir tales emociones.
- ay, a ver eso no es así.
- Ya sé pero por eso te pedí ayuda.
- Pues hay que hacerlo todo de nuevo.
- Bueno, veme diciendo como.
- Déjame tomar una silla de acá al lado.
- ¡No!
En ese momento ella aparece y solo un momento se sorprende de verlo ahí. Ella sonríe como cuando la vio en la calle, se levanta mirándola directo a los ojos. Las miradas sin soltarse se abrazan, se miden, se indagan.
- Hola, buen día. Voy a tomar esta silla.
No era requerimiento, era orden. Vaya que la nena sabía como hacerlo. El solo atino a levantarse y decirle que tomara la silla. Detrás de la mampara se escucharon risas y después explicaciones, hasta que finalmente se salieron. Respiró profundo, a partir de ese momento no pudo dejar de pensar en ella. De evocar la mirada, la sonrisa y el descaro.
Muchas veces más la vio, la observó discretamente y la escuchaba atento cuando hablaba con su colaborador. Empezó a tomar café cuando ellos iban a fumar, la vio llorar en brazos de él y lo envidiaba, mal. Ella trastornaba sus reacciones. Y simplemente no sabía como evitarlo. Era algo más allá de su entendimiento. A base de acoso se fue acortando la distancia entre ellos. Hasta que la invitó a salir, pensando que lo iba a rechazar. Su sorpresa del "Sí, claro", lo de dejó ensimismado ese día. Por un momento su mente le paseo la palabra obsesión frente a sus ojos, pero inmediatamente la descartó.
La noche en cuestión, fue interesante y ahora entendía como era que ella irradiaba esa ilusión. Vivía fuera de los convencionalismos de la sociedad, aunque aparentaba cordura para evitar roces y controversias. Era franca, abierta y no tenía miedo de decir las cosas. Lo terminó de cautivar esa mente indómita en combinación con ese cuerpo dulce. Anhela saborear su boca y sentir el calor de su entrepierna. Quería saber como gemía, como olía y su sabor de mujer. Sentado cerca de ella mientras la escuchaba hablar percibía ese suave aroma a dulce. Algo tenía ella que a él le causaba delirio. Perdía razonamiento. En algún momento de sus tribulaciones mentales, escucho lo increíble...
- Así que... ¿A que hora me vas besar?
El pasmado y ella sonriendo, se acerco tomó su cara entre las manos y la beso. Sus labios delgados y su lengua morada, su saliva era suave y su olor de tan cerca era incomparable para él. Era imposible tal placer. Tenía la piel ardiendo por sentirla, en toda su extensión, cubrirla con besos, recorrerla y esa noche fue de él.
Subieron ansiosos a su departamento. La llenó de besos y la tuvo desnuda antes de que el se quitara la corbata. Ella no participó en desvestirle dejó que él hiciera todo. Mimosa y suaves ronroneos lo tenían al borde de eyacular. Se desvistió y se controló. La admiró, la acarició, la miró. La recorrió con lengua y ojos, con manos y mente, con toda su piel. El aroma que ella emanaba acrecentaban sus ganas, que deleite tenerla en la cama. Suave la guió al placer. Muy suave. Su boca besando su cuello, mordiendo poco sus hombros, besando sus manos. Atrapó un oscuro pezón y ahí casi terminó. Escucho el suave gemido que acompañó esa acción, acarició en círculos al gemelo del que tenía en la boca. Lo mordió suave y al otro lo pellizco, ella arqueó la espalda y escuchó "Que delicia". Bajo a ese cráter perfecto de la luna, ese ombligo, en el abdomen plano. Bajó más a esa zona llena de pliegues de placer. Esa zona limpia y sin estorbos, se fue acercando a besos y su olor llenó su cabeza, sus pulmones y su propia boca. Ávido de esa miel, lamió hasta cansarse, hasta escucharla gritar, hasta complacerla las veces que ella lo deseó. Satisfizo consignas de morderle suave el clítoris, de hacerle el amor con sus dedos mientras lamía ese botón lleno de gemidos, de sodomizarla con esos mismos dedos mientras bebía los orgasmos que antes generó con esa lengua de demonio. Así fue hasta que ella lo apartó. Lo tumbo boca arriba y le dijo "No toques nada a menos que yo te lo pida". No supo que decir, solo se dejó llevar y cuando ella comenzó a besar su boca y morder su lengua, supuso la gloria que avecinaba, imaginó el placer, pero no supo el tormento. Ella fue un espejo de cada una de los besos, caricias y mordidas que él le prodigó. Mordió sus pezones, lamió su ombligo, beso sus manos y mordió sus hombros. No pudo evitar imaginarla con otra mujer y eso otra vez casi lo hace eyacular. Que delicia debía ser verla con una nena. Pensaba eso, controlándose cuando sintió como esa boca delgada atrapaba la cabeza de su miembro duro, hinchado y grande. El se tensó, evitando terminar en ese momento. Que difícil era, no sabía si era por lo mucho que la deseaba o por "la obsesión"... Por un momento escucho la palabra, otra vez, nuevamente la desecho. Ella mordía la punta y lamía como si fuera una "lollipop". La gloria siguió cuando ella comenzó a lamer todo, hasta llegar a sodomizarlo mientras mordía su glande. No soportaba más, quería tocarla, sentir su boca subiendo y bajando por su miembro. Y como si ella leyera la mente, le tomo la mano y se la llevó al cabello. Esos rizos negros entre sus dedos seducían tu tacto. Bajó por la cara y siento su boca chupándolo. Casi estalla. Era una obs... delicia. De pronto lo dejó y se montó en él. Lo aprisionó con la suave y caliente piel de ese coño dulce y aromático. La asió de las caderas y la dejó guiar sus movimientos para terminar los dos estallando en un gemido de orgasmo, retenido por suficiente tiempo para agotar cualquier mente débil.
![]() |
| Despertar |
Después de eso no pudo dormir y cuando lo logró al poco tiempo despertó, volteó pensando que había sido un sueño y la miró. A su lado, observándolo. Entre fría y sin pasión. Con esa mirada pragmática. Diciendo nada, solo observándolo. El trató de pensar en algo y solo atinó a sonreír. Ella lo miró sin pestañear, analizando y al final sonrió. Esa sonrisa que iluminaba su mundo. Por un momento se angustió, se preocupó y pensó en que la perdería. Lo que él no sabía es que ella decidía a quien le pertenecía.
Después de esa primera noche vinieron más. Momentos de aventura como hacerle el amor a orillas de una carretera, en la oficina a deshoras, las escaleras del edificio, el resquicio de la puerta del departamento, el estacionamiento y las delicias de la cama, de las sábanas, del sillón, de la silla, en la ventana de la cocina. Complicidad total.
Su compañera, siempre se encargó de darle muestras de libertad, pero una noche no lo pudo soportar. Un hombre arrebatador se fijó en ella. A pesar de él estar a su lado. Buscó la oportunidad de hablarle, de pedirle comunicación y ella accedió, los celos contenidos en esa acción fueron devastadores para él. Se contuvo ya que ella desde el inicio fue muy clara con sus acciones, además él no estaba en posición de asumir la exclusividad con ella, ya que no iba a dar lo que no quería, ni podía otorgar. La verdad antes del placer, acrecentaba los gustos. Pero esta vez fue demasiado. Después de esa noche, comenzaron a frecuentarse. No era para menos, el tipo era un verdadero adonis. 1:90, piel dorada, ojos miel, cabello negro rizado, cuerpo espectacular y ella combinaba perfectamente con él.
- Me gusta
- Ya sé.
- No duermo más acá contigo.
- ...
- El sabe de ti, todo, pero ahora estoy con él. Al final tu ibas a seguir de largo.
Que le recordara su incapacidad de dejar todo por ella, o bueno "dejar" era un decir, hace años que vivía solo de país en país, mientras su familia no lo acompañaba. Pero que ella, su obsesión, se lo dijera, era más doloroso que cualquier cosa. Entonces solo le quedaba aceptar su naturaleza. Afortunadamente hace un año ella ya no trabaja en la misma empresa que él. Pero fue tan duro estar solo, que a veces solo le pedía comer con ella. Ella nunca lo rechazó, solo que sus aventuras sexuales menguaron. Durante semanas, se despertó con el olor de su piel en la punta de la nariz, por días sintió sus caricias. Las fotos mentales de ella no lo dejaban, pero lo que más anhelaba era su piel. Su piel miel, esa piel era suya, de nadie más, de absolutamente nadie más. Sufría imaginando, pensando. Hasta que un día aprovechó la ausencia de él y la invitó de viaje. Lejos, en medio de la nada, ella aceptó, como algunas ocasiones hacía.
En ese paradisíaco lugar, para el cuál tuvo que manejar una día entero para llegar, la tuvo de nuevo a su gusto y placer. Diosa encantadora que era, tan complaciente y juguetona como siempre. Deseaba no dejar esa piel jamás. Durante una semana la disfrutó, la gozó y se acercaba el fin de ese sueño. La última noche le dijo que esta era la última junto a él, que se iba a Canadá, se arriesgaba con aquel que se la robo. Su odio, su dolor fue tal, que haciendo el amor con ella esa última noche, comenzó a asfixiarla suavemente mientras ella llegaba al final del placer. Un fetiche ligero muy suyo, pero él no dejó de apretar, cada vez más, sin dejar de penetrarla y mientras ella expiraba el acabó.
La besó, explicándole que no podía ser de nadie más que de él, explicándole lo mucho que la amaba, lo mucho que la necesitaba, lo feliz que era junto a su piel. Suavemente se levantó y la llevó a la tina. De una maleta sacó una serie de instrumentos. La ató de los pies y la colgó. Con la paciencia y silencio de la noche, forró el baño de plástico, las paredes, el piso, el inodoro. Tomó un bisturí, acarició su cabello y la besó.
- Adoro tu piel.
Ahora vive en Brasil, pidió su cambio. Y aunque esta siempre acompañado, aunque tiene nueva compañera, él siempre regresa a ella. Hay noches que hasta duermen juntos. Acomoda su cabello y su piel, como un estuche vacío, en el lado de la cama donde ella solía dormir.
Su compañera, siempre se encargó de darle muestras de libertad, pero una noche no lo pudo soportar. Un hombre arrebatador se fijó en ella. A pesar de él estar a su lado. Buscó la oportunidad de hablarle, de pedirle comunicación y ella accedió, los celos contenidos en esa acción fueron devastadores para él. Se contuvo ya que ella desde el inicio fue muy clara con sus acciones, además él no estaba en posición de asumir la exclusividad con ella, ya que no iba a dar lo que no quería, ni podía otorgar. La verdad antes del placer, acrecentaba los gustos. Pero esta vez fue demasiado. Después de esa noche, comenzaron a frecuentarse. No era para menos, el tipo era un verdadero adonis. 1:90, piel dorada, ojos miel, cabello negro rizado, cuerpo espectacular y ella combinaba perfectamente con él.
- Me gusta
- Ya sé.
- No duermo más acá contigo.
- ...
- El sabe de ti, todo, pero ahora estoy con él. Al final tu ibas a seguir de largo.
Que le recordara su incapacidad de dejar todo por ella, o bueno "dejar" era un decir, hace años que vivía solo de país en país, mientras su familia no lo acompañaba. Pero que ella, su obsesión, se lo dijera, era más doloroso que cualquier cosa. Entonces solo le quedaba aceptar su naturaleza. Afortunadamente hace un año ella ya no trabaja en la misma empresa que él. Pero fue tan duro estar solo, que a veces solo le pedía comer con ella. Ella nunca lo rechazó, solo que sus aventuras sexuales menguaron. Durante semanas, se despertó con el olor de su piel en la punta de la nariz, por días sintió sus caricias. Las fotos mentales de ella no lo dejaban, pero lo que más anhelaba era su piel. Su piel miel, esa piel era suya, de nadie más, de absolutamente nadie más. Sufría imaginando, pensando. Hasta que un día aprovechó la ausencia de él y la invitó de viaje. Lejos, en medio de la nada, ella aceptó, como algunas ocasiones hacía.
En ese paradisíaco lugar, para el cuál tuvo que manejar una día entero para llegar, la tuvo de nuevo a su gusto y placer. Diosa encantadora que era, tan complaciente y juguetona como siempre. Deseaba no dejar esa piel jamás. Durante una semana la disfrutó, la gozó y se acercaba el fin de ese sueño. La última noche le dijo que esta era la última junto a él, que se iba a Canadá, se arriesgaba con aquel que se la robo. Su odio, su dolor fue tal, que haciendo el amor con ella esa última noche, comenzó a asfixiarla suavemente mientras ella llegaba al final del placer. Un fetiche ligero muy suyo, pero él no dejó de apretar, cada vez más, sin dejar de penetrarla y mientras ella expiraba el acabó.
La besó, explicándole que no podía ser de nadie más que de él, explicándole lo mucho que la amaba, lo mucho que la necesitaba, lo feliz que era junto a su piel. Suavemente se levantó y la llevó a la tina. De una maleta sacó una serie de instrumentos. La ató de los pies y la colgó. Con la paciencia y silencio de la noche, forró el baño de plástico, las paredes, el piso, el inodoro. Tomó un bisturí, acarició su cabello y la besó.
- Adoro tu piel.
Ahora vive en Brasil, pidió su cambio. Y aunque esta siempre acompañado, aunque tiene nueva compañera, él siempre regresa a ella. Hay noches que hasta duermen juntos. Acomoda su cabello y su piel, como un estuche vacío, en el lado de la cama donde ella solía dormir.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Habla