Desde siempre sintió el rechazo de los lugares. El sentido de pertenencia nunca lo tuvo. Desde el primer recuerdo de la infancia el sentimiento prevalecía. El desarraigo.
Su vida era una constante sensación de lejanía. A pesar de los fuertes lazos con las pocas amistades cultivadas a lo largo de su vida, nunca perteneció a ningún grupo, a ninguna sociedad, a ninguna familia ajena. Su madre hablando sola se le escuchaba decir "No pertenece a este lugar". No era su vida, la vivía plenamente. Las constantes de su vida consistía en la inconsistencia ¡¡Vaya vida!!
Los bosques y el mar la enloquecían de libertad, de pertenencia. El frío del bosque que no toleraba la enamoraba con sus gélidas mordidas. El mar que la acariciaba la hacía sentir plena. A veces deseaba quedarse a morir en él. Pero el bosque la invitaba a perderse. Tal vez en alguno podría encontrar su lugar.
Viajando por el norte del continente, encontró esos bosques fríos, hermosos y oscuros. Alojada en una casa a las orillas del bosque, paseaba al amanecer y admiraba todo, algo la llamaba, su nombre entre las hojas de los árboles. Escucha un ruido y de pronto lo vio. Él como ella caminando hacia el mismo claro, solitario. Se detienen, cada uno en extremos opuestos. Como espejos, se admiran,los corazones galopan a mil y se sienten perfectamente.
Se acercan sigilosamente al centro soleado, ella desnuda sintiendo cada poro de su piel suspirar, él con el pelaje negro profundo erizado de excitación. Se tocan, se rozan, se sonríen y se reconocen. Por fin, el desarraigo desaparece para los dos. Ella lo abraza y hunde la nariz en su frondoso pelaje, mientras el aúlla anunciando que el lobo encontró a su compañera de vida.
Ella corre con lobos
Él corre con brujas
Corren en paralelo
En distintas latitudes
Juntos...
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