Cuando la vio llegar en ese vestido negro, sabía que era darse valor, imaginaba la ropa que traería abajo, pero no le importaba, no había mejor ropa interior que la piel, las marcas y una cadena radiante de blancos nudos recorriendo su cuerpo. Inmovilizando su voluntad, sometiéndola. La condujo a su lugar. Jugó con sus sentidos desde el primer momento. Sus evasiones eran claras, dormirse con el arrullo del auto era símbolo de no querer saber el destino. El único momento donde le volvió a dar la oportunidad para decidir fue en el umbral de la puerta. Su última oportunidad, después si se iba a media educación no habría retorno. Cuando la vio dar el paso, no le sorprendió. La guió con la voz. El ya estaba cómodo, en pantalones sport, camisa ligera y descalzo. Todo estaba dispuesto para esa noche. Comenzó a darle ordenes suaves y firmes. Las que ella llevó a cabo con la obediencia de años de dura educación. Separaba mente de cuerpo, mientras hablaba ejecutaba las ordenes sin chistar. Los golpes solo la hacían saltar y corregir el error. Pero cuando su mente se concentrara en las sensaciones, en sus sentidos es cuando iba comenzar su verdadero aprendizaje. La escucho vaciar su vida, su alma. Quería eso, dejarla vacía de problemas que la distrajeran, ella quería que alguien realmente la escuchara. Y él le complacía coleccionar lienzos completos de vidas. Su vida como ella dijo no ha sido difícil, ha tenido sus momentos de verdadero miedo, de terror incluso. Pero lo ha asimilado y lo usa como fortaleza más que como debilidad.
Admiró su cuerpo desnudo, sus rizos negros cayendo por la espalda que notaba era su peor vanidad, su piel dorada suave, sus labios delgados, su expresiva mirada. Su cuerpo mostraba las curvas de una mujer. Sus senos caían como gota, tenía una operación en uno. Un prueba más de fuerza. Su ombligo perfecto para incrustar una joya hermosa. Su abdomen casi plano. No había grasa en exceso, su forma lo conservaba con él vaivén de todos los días. Sus piernas eran firmes, sus pies pequeños y cuidados. Rozó con la fusta los pezones oscuros, duros, fruncidos por la excitación. Observo sus nalgas todavía firmes, suaves, una cadera que había sostenido un hijo. Cosa que era delatada por la cicatriz que estaba desapareciendo. Un excelente cicatrización, su piel era delicada pero sanaba rápidamente. Giraba en torno a ella, observando, analizando. Se sentía cómoda con la desnudez. Al sentarla de rodillas en el piso con la fusta le indicó que abriera las piernas. Vio la depilación completa y observo los labios externos, mordiendo los labios internos más oscuros que los primeros. Entre esa oscuridad de piel contrastaba la piel rosada. Brillaba ya por lo excitación que el cuerpo sentía. Entonces calló.
El guardo silencio unos minutos, esperando alguna mirada, algún signo mínimo de desobediencia.
- Muy bien Ma Petite. La confianza es importante y no será traicionada jamás. Acabas de desnudar tu cuerpo, tu vida y tu alma. Dime tu palabra secreta..
Ella pensó, esa palabra que estuvo analizando la noche entera, la que más le adecuaba, la que sería fácil de recordar.
- Luna.
- Luna será una orden para mi de parar. Levanta tus brazos y entrelaza tus manos detrás de la nuca.
Ella quiso decir algo, él detectó el movimiento de los labios y antes de que emitiera un sonido, el estrello la fusta en una de la piernas. Dejó un línea ardiente y que picaba a lo largo del muslo. Se enrojecía, palpitaba y ella casi comienza a sobarse.
- Si te tocas otro vendrá. Esta es la única advertencia que te voy a dar. Un castigo indica una desobediencia. No tenías permiso de hablar, no lo tienes a menos de que yo te lo dé o tu lo requieras de la manera correcta. Y la manera correcta es: Sombra, le pido permiso para hablar.
Esa era un provocación a su fiereza y ella cayó. Lo miró desde abajo, desafiante y con una carcajada que no sabía dominar cuando estaba nerviosa. Él se inclinó y quedó a la altura de los ojos, mirándola dura y fríamente, bajo una mano por su hombro, suave, una caricia, apenas rozando la piel, sintió el estremecimiento de ella, entreabrió lo labios anhelantes y toco el pezón duro erecto, acarició la gota de ese seno, realizó círculos en la areola fruncida hasta llegar al botón oscuro y duro. Lo pellizco con fuerza y ella lanzó un gemido y cerró lo ojos.
- No debes desafiar a tu Maestro, ni con la mirada, mucho menos lanzar una carcajada. Mírame.
Ella lo miró, dura, fría y desafiante.
- Esa mirada se va a suprimir. Levántate y pon los brazos en alto, juntos.
Comenzó a hacer un corsé con una cuerda blanca de suave algodón. Entreabrió sus piernas y paso la cuerda por una de las ingles, rozando suavemente uno de labios exteriores, sintiendo el estremecimiento de ella. Subió por la cintura y fue haciendo un arreglo para bajar a la otra ingle. Los roces provocaban suspiros y sudor en la piel. Su aroma dulce comenzó a subir de tono, a combinarse con todo el entorno. La cuerda seguía vistiendo suavemente la piel de su alumna. Adoraba esta parte. Vestirle. El corsé rodeó el cuello como bella gargantilla, subió por los brazos como una serpiente y terminó juntado las muñecas. La hizo caminar con la fusta. Pronto ella se percató de que si se movía demasiado la cuerda apretaba algo. Pero el caminar fue un roce estremecedor entre sus piernas. Los labios apretados provocaban placer y él lo sabía. La observaba transpirar de placer. La puso frente al espejo, un espejo de piso a techo, donde una suave luz en el techo alumbraba y sombreaba perfectamente la obra de arte. El estaba en sombras, solo era ella, con su reflejo. Observaba las reacciones de su cuerpo.
Ella, se admiró Que hermosa me dejó. No pudo evitar una sonrisa lasciva, una mirada felina, se estremeció. Su cabello contrastando con el blanco de la cuerda. La gargantilla en su cuello, los nudos como botones y justo uno en el ombligo Que belleza. Sus labios vaginales apretados, su piel sometida a sensaciones inauditas. Por fin, algo que me hace sentir. Casi llora, casi lo logra, la belleza de sentir al fin. Pero sus defensas demasiado arraigadas borraron las lagrimas en un segundo. Solo dejó ojos rojizos.
Tras observarla como se deleitaba con su propia belleza, de dejarla enardecer su vanidad, de permitirle sentir, se acercó por detrás. Desnudo, mostrando el poderío que su cuerpo representaba. Acarició los nudos y se detuvo en el ombligo. Corrió el cabello y suspiro suave en su cuello, al mismo tiempo que presionó ese botón. Le colocó esposas en las muñecas. Ella miró anhelante la situación y levantando la vista, observó un gancho justo arriba de ella.
Colgada, en las puntas de sus pies, sentía las cuerdas rozar y apretar con cada respiración, los musculos de la espalda, del abdomen, las piernas, los brazos. Sintió musculos que raramente los tomaba en cuenta. Supo que iban a doler conforme avanzara el tiempo. Seguía frente al espejo y sonreía, venerando su imagen. Entonces él hablo. Con esa voz de trueno, hablando bajo y a su oído. Mirándola fríamente.
- Ahora esa mirada y tu vanidad...
Le puso el antifaz y lo último que vio fue el cuerpo imponente de él reflejado en el espejo.
Cuando puso el antifaz se aseguro de hacerlo de frente para que ella viera el demonio que la iba a poseer, tarde o temprano, dependía de ella.
- Tus demonios son exquisitos, los tienes estudiados, eres algo selecto, sublime al gusto. Esos demonios los tienes cuidados, desarrollados y los escuchas con atención. Tu te entregas a mi y yo me voy dedicar a ti con paciencia y devoción.
Las palabras a partir de ese momento sobraban y solo vino el cúmulo de sensaciones.
Habiendo dicho eso, ahora el comenzó a trabajar en ella. Bajó la cadena y en esa posición en A, la puso en escuadra, para poder admirar esa fuente de calor rosada de calor. La vista de las nalgas ligeramente abiertas, dejaba ver un marrón orificio, con todas las señales físicas de haber sido ya penetrado. Más abajo, el orificio rosado de ese sublime abismo de placer, palpitante, anhelante. Estaba húmedo, lleno de ese líquido cristalino que podía llegar a empapar de placer. A penas estaba floreciendo y él se proponía llevarlo al límite. Tener los dedos escurriendo de ese dulce líquido. En una agonía, hasta que sus caderas brincaran hacia él. Al fondo veía el botón que desataba la lujuria, ya estaba ligeramente duro. Otro lugar en el cuál trabajar.
Así expuesta como estaba, escuchaba y trataba de imaginar lo que iba a pasar. El silencio la extrañaba y solo sintió la palmeta en sus nalgas. Provocando escozor, ardía. Sentía la piel viva, roja, latía, deseaba tanto que le sobaran y en eso la mano suave y fuerte apareció. Solo la puso sobre la piel, no sobó. Pero solo eso era un alivio. Cuando de pronto sintió los dedos urgando en sus pliegues. Tomando un poco de líquido de su vagina, comenzó a acariciar su clítoris, volviéndolo duro, su vulva palpitaba. Sentía el dolor mezclado con ese placer. Los músculos tensos y las cuerdas apretando. Éxtasis.
Escucho sus gemidos primero el gritito ahogado por la palmeta fuerte en sus nalgas y después el verdadero gemido de placer. Exploró esa húmeda vagina, metió suavemente dos dedos y sintió la mordida de placer. Los músculos fuertes apretando y ese líquido cristalino aumentando. Sacó los dedos y los llevo a acariciar la vulva, la sintió henchida, el clítoris duro, aumentado. La respiración entrecortada y las cuerdas apretando cuando ella se movía un poco más de lo debido. La sintió transpirando por el esfuerzo y las ganas acuciantes de su cuerpo. La dejó, se alejó y observó la desesperación.
Cuando el se alejó, el dolor en su vulva era terrible. La llevó al borde del orgasmo y la dejaba ahí. Dura, húmeda, adolorida. Se obligo a respirar, a calmarse a dejar de sentir y no pudo. Se quedó quieta, anhelante... Por favor... Esa sola palabra le castigó los muslos y sintió las marcas hincharse como duras ramas. El puso sus manos sobre los muslos, desde atrás, dejándole sentir el miembro erecto y completamente duro entre sus nalgas. Beso su nuca y ella lo deseaba tanto.
Le acarició el cabello y con un beso suave la soltó. Sabía el deseo de ella. Pero tenía que anhelarlo con dolor. Se agacho se puso de rodillas y con su boca como si fuera una loba amamantado a un cachoro, chupo sus pezones duros. Acarició con su lengua la areola fruncida. Acarició suave el resto del seno. Escucho sus gemidos guturales y vio como lamía sus labios, que ahora estaban hinchados. Bajó más y le prodigó lamidas en la vulva, recorriendo pliegues, sorbiendo ese líquido cristalino que estaba por gotear. La puso peor, cuando introdujo un dedo en esa vagina dulce y continuó lamiendo. Al límite. Adolorida. Nuevamente la escucho.
- Por favor...
Se merecía un castigo, por insolente. Levantó la palmeta y le propino nalgadas duras y continuas. Una.. Dos.. Tres.. Cuatro.. Cinco.. Seis.. Siete.. Ocho.. Cuatro en cada una. La escucho gemir dolorosamente, la escucho apretar los dientes. Sin lágrimas, sin palabra secreta. La piel delicada roja, ardiendo, como incendio en la piel. Se acerco a ella de frente y con su glande rozó su boca, metió dos dedos en esa húmeda cavidad y acarició su paladar. Acarició sus labios con esos dedos y después introdujo esos mismos dedos en la vagina. Húmedos se los ofreció en la boca y ella los chupo, succionó su propio sabor. Los retiro e introdujo su miembro casi hasta el fondo. Lo sacó suavemente sintiendo el roce de los dientes a todo lo largo. Y comenzó a embestir su boca, la lengua de ella lamiendo en cada embestida. Pero cuando la iba a dejar ella ejerció una deliciosa succión.
Otro castigo... Tomó la fusta y en las pantorrillas la azotó. Uno.. Dos.. Tres.. Cuatro.. Siempre debía estar dispuesta a soltar, a dejar ir, a pesar de querer retener el placer, a pesar de querer darlo. Acarició su piel y la lleno de besos en esos verdugones rojos y adoloridos.
Ella se sentía al borde del desmayo. Las cuerdas estaban comenzando a apretar su cuello más, no sabía hasta donde iba a soportar. El placer, el dolor y otra vez el placer. Su piel anhelante, sentía todo, quería todo. Se imaginaba los verdugones rojos que tenía, sus nalgas ardían. Pero el dolor en su vagina, en su útero. Las contracciones que pedían ese duro miembro, eran el peor dolor que podía tener. Cada beso era un doloroso placer, cada caricia encendía luces en su cabeza. Arrancaba gemidos húmedos de su garganta. Por favor...
Él regresó a su trabajo, introdujo su miembro nuevamente en la boca, esta vez la dejó quieta y permitió que ella succionara ávida, entregada, queriendo complacerlo con esa lengua afilada. Cuando retiró su glande, vio el hilo largo de saliva que los conectaba. Su respiración era entrecortada y la acomodó en una posición más cómoda. La estiró como estaba en un inicio. Se arrodilló frente a ella y volvió a lamer su vulva, su vagina, su clítoris. Recorrió plieges, labios y mordió cada uno de ellos. Pellizcaba sus nalgas y a veces sus pezones, mordía suave su clítoris y otras veces más fuerte. Gemía, adolorida, placenteramente adolorida. Tomó la palmeta y cuando sabía que iba a explotar en un orgasmo, golpeó sus nalgas. Placer con dolor. Aprender a que no importa el dolor, el placer no se esfuma. Control. El dolor no detiene el placer. No desconecta los sentidos, ni los sentimientos. Los une, pero se sabe diferenciar entre uno y otro. El orgasmo llegó, fuerte, apretando sus nalgas. Duras las piernas, empujando la cadera hacia él. Él masticaba suave su clítoris. Alargando el placer.
Se levantó y justo cuando la iba a besar suave, sintió el cuerpo de ella estremecerse en un sollozo. Le quitó el antifaz sonriendo. Miró esos ojos acuosos, suplicantes, nublados de conocimiento. Hasta que vertieron las lágrimas añoradas. Haciendo surcos en la cara. Sonrió y lamió cada una de ellas. Ella cerró los ojos y se dejó ir en llanto. Se rompió por fin. De ahí reconstruirse iba a ser fácil. La besó suave en los labios y la dejó amarrada. Se puso detrás de ella y la dejó ver como disfrutaba penetrarla, hacerla suya. Cuando entró en ella, esa vagina húmeda lo recibió con un orgasmo inmediato. Ella rugió de placer, cerró los ojos y echo la cabeza hacia atrás Mientras el la tomaba por el cuello con una mano y con la otra en el bello botón de su ombligo. Las embestidas venían con mordidas en el cuello, en los hombros. Cada vez más fuerte, cada vez más rápido, dolorosas, ella casi gritando, perdida en el éxtasis de ese poder. Sentía, las contracciones de esa vagina. Sentía el poder que nacía en ella. El poder que él iba a pulir. Extasiado, sus embestidas lo llevaron a eyacular. Al mismo tiempo que ella llegaba al orgasmo salvaje que su cuerpo añoraba. Con esa ligera asfixia que prolongaba su éxtasis.
Cansado. Besó suave sus hombros. Miró a sus ojos y solo vio, agradecimiento, igualdad, devoción y eterna lealtad. No desafío, no amor. Complicidad, amistad. Su brillante opaco, comenzaba a brillar con nuevas facetas.
El guardo silencio unos minutos, esperando alguna mirada, algún signo mínimo de desobediencia.
- Muy bien Ma Petite. La confianza es importante y no será traicionada jamás. Acabas de desnudar tu cuerpo, tu vida y tu alma. Dime tu palabra secreta..
Ella pensó, esa palabra que estuvo analizando la noche entera, la que más le adecuaba, la que sería fácil de recordar.
- Luna.
- Luna será una orden para mi de parar. Levanta tus brazos y entrelaza tus manos detrás de la nuca.
Ella quiso decir algo, él detectó el movimiento de los labios y antes de que emitiera un sonido, el estrello la fusta en una de la piernas. Dejó un línea ardiente y que picaba a lo largo del muslo. Se enrojecía, palpitaba y ella casi comienza a sobarse.
- Si te tocas otro vendrá. Esta es la única advertencia que te voy a dar. Un castigo indica una desobediencia. No tenías permiso de hablar, no lo tienes a menos de que yo te lo dé o tu lo requieras de la manera correcta. Y la manera correcta es: Sombra, le pido permiso para hablar.
Esa era un provocación a su fiereza y ella cayó. Lo miró desde abajo, desafiante y con una carcajada que no sabía dominar cuando estaba nerviosa. Él se inclinó y quedó a la altura de los ojos, mirándola dura y fríamente, bajo una mano por su hombro, suave, una caricia, apenas rozando la piel, sintió el estremecimiento de ella, entreabrió lo labios anhelantes y toco el pezón duro erecto, acarició la gota de ese seno, realizó círculos en la areola fruncida hasta llegar al botón oscuro y duro. Lo pellizco con fuerza y ella lanzó un gemido y cerró lo ojos.
- No debes desafiar a tu Maestro, ni con la mirada, mucho menos lanzar una carcajada. Mírame.
Ella lo miró, dura, fría y desafiante.
- Esa mirada se va a suprimir. Levántate y pon los brazos en alto, juntos.
Comenzó a hacer un corsé con una cuerda blanca de suave algodón. Entreabrió sus piernas y paso la cuerda por una de las ingles, rozando suavemente uno de labios exteriores, sintiendo el estremecimiento de ella. Subió por la cintura y fue haciendo un arreglo para bajar a la otra ingle. Los roces provocaban suspiros y sudor en la piel. Su aroma dulce comenzó a subir de tono, a combinarse con todo el entorno. La cuerda seguía vistiendo suavemente la piel de su alumna. Adoraba esta parte. Vestirle. El corsé rodeó el cuello como bella gargantilla, subió por los brazos como una serpiente y terminó juntado las muñecas. La hizo caminar con la fusta. Pronto ella se percató de que si se movía demasiado la cuerda apretaba algo. Pero el caminar fue un roce estremecedor entre sus piernas. Los labios apretados provocaban placer y él lo sabía. La observaba transpirar de placer. La puso frente al espejo, un espejo de piso a techo, donde una suave luz en el techo alumbraba y sombreaba perfectamente la obra de arte. El estaba en sombras, solo era ella, con su reflejo. Observaba las reacciones de su cuerpo.
Ella, se admiró Que hermosa me dejó. No pudo evitar una sonrisa lasciva, una mirada felina, se estremeció. Su cabello contrastando con el blanco de la cuerda. La gargantilla en su cuello, los nudos como botones y justo uno en el ombligo Que belleza. Sus labios vaginales apretados, su piel sometida a sensaciones inauditas. Por fin, algo que me hace sentir. Casi llora, casi lo logra, la belleza de sentir al fin. Pero sus defensas demasiado arraigadas borraron las lagrimas en un segundo. Solo dejó ojos rojizos.
Tras observarla como se deleitaba con su propia belleza, de dejarla enardecer su vanidad, de permitirle sentir, se acercó por detrás. Desnudo, mostrando el poderío que su cuerpo representaba. Acarició los nudos y se detuvo en el ombligo. Corrió el cabello y suspiro suave en su cuello, al mismo tiempo que presionó ese botón. Le colocó esposas en las muñecas. Ella miró anhelante la situación y levantando la vista, observó un gancho justo arriba de ella.
Colgada, en las puntas de sus pies, sentía las cuerdas rozar y apretar con cada respiración, los musculos de la espalda, del abdomen, las piernas, los brazos. Sintió musculos que raramente los tomaba en cuenta. Supo que iban a doler conforme avanzara el tiempo. Seguía frente al espejo y sonreía, venerando su imagen. Entonces él hablo. Con esa voz de trueno, hablando bajo y a su oído. Mirándola fríamente.
- Ahora esa mirada y tu vanidad...
Le puso el antifaz y lo último que vio fue el cuerpo imponente de él reflejado en el espejo.
Cuando puso el antifaz se aseguro de hacerlo de frente para que ella viera el demonio que la iba a poseer, tarde o temprano, dependía de ella.
- Tus demonios son exquisitos, los tienes estudiados, eres algo selecto, sublime al gusto. Esos demonios los tienes cuidados, desarrollados y los escuchas con atención. Tu te entregas a mi y yo me voy dedicar a ti con paciencia y devoción.
Las palabras a partir de ese momento sobraban y solo vino el cúmulo de sensaciones.
Habiendo dicho eso, ahora el comenzó a trabajar en ella. Bajó la cadena y en esa posición en A, la puso en escuadra, para poder admirar esa fuente de calor rosada de calor. La vista de las nalgas ligeramente abiertas, dejaba ver un marrón orificio, con todas las señales físicas de haber sido ya penetrado. Más abajo, el orificio rosado de ese sublime abismo de placer, palpitante, anhelante. Estaba húmedo, lleno de ese líquido cristalino que podía llegar a empapar de placer. A penas estaba floreciendo y él se proponía llevarlo al límite. Tener los dedos escurriendo de ese dulce líquido. En una agonía, hasta que sus caderas brincaran hacia él. Al fondo veía el botón que desataba la lujuria, ya estaba ligeramente duro. Otro lugar en el cuál trabajar.
Así expuesta como estaba, escuchaba y trataba de imaginar lo que iba a pasar. El silencio la extrañaba y solo sintió la palmeta en sus nalgas. Provocando escozor, ardía. Sentía la piel viva, roja, latía, deseaba tanto que le sobaran y en eso la mano suave y fuerte apareció. Solo la puso sobre la piel, no sobó. Pero solo eso era un alivio. Cuando de pronto sintió los dedos urgando en sus pliegues. Tomando un poco de líquido de su vagina, comenzó a acariciar su clítoris, volviéndolo duro, su vulva palpitaba. Sentía el dolor mezclado con ese placer. Los músculos tensos y las cuerdas apretando. Éxtasis.
Escucho sus gemidos primero el gritito ahogado por la palmeta fuerte en sus nalgas y después el verdadero gemido de placer. Exploró esa húmeda vagina, metió suavemente dos dedos y sintió la mordida de placer. Los músculos fuertes apretando y ese líquido cristalino aumentando. Sacó los dedos y los llevo a acariciar la vulva, la sintió henchida, el clítoris duro, aumentado. La respiración entrecortada y las cuerdas apretando cuando ella se movía un poco más de lo debido. La sintió transpirando por el esfuerzo y las ganas acuciantes de su cuerpo. La dejó, se alejó y observó la desesperación.
Cuando el se alejó, el dolor en su vulva era terrible. La llevó al borde del orgasmo y la dejaba ahí. Dura, húmeda, adolorida. Se obligo a respirar, a calmarse a dejar de sentir y no pudo. Se quedó quieta, anhelante... Por favor... Esa sola palabra le castigó los muslos y sintió las marcas hincharse como duras ramas. El puso sus manos sobre los muslos, desde atrás, dejándole sentir el miembro erecto y completamente duro entre sus nalgas. Beso su nuca y ella lo deseaba tanto.
Le acarició el cabello y con un beso suave la soltó. Sabía el deseo de ella. Pero tenía que anhelarlo con dolor. Se agacho se puso de rodillas y con su boca como si fuera una loba amamantado a un cachoro, chupo sus pezones duros. Acarició con su lengua la areola fruncida. Acarició suave el resto del seno. Escucho sus gemidos guturales y vio como lamía sus labios, que ahora estaban hinchados. Bajó más y le prodigó lamidas en la vulva, recorriendo pliegues, sorbiendo ese líquido cristalino que estaba por gotear. La puso peor, cuando introdujo un dedo en esa vagina dulce y continuó lamiendo. Al límite. Adolorida. Nuevamente la escucho.
- Por favor...
Se merecía un castigo, por insolente. Levantó la palmeta y le propino nalgadas duras y continuas. Una.. Dos.. Tres.. Cuatro.. Cinco.. Seis.. Siete.. Ocho.. Cuatro en cada una. La escucho gemir dolorosamente, la escucho apretar los dientes. Sin lágrimas, sin palabra secreta. La piel delicada roja, ardiendo, como incendio en la piel. Se acerco a ella de frente y con su glande rozó su boca, metió dos dedos en esa húmeda cavidad y acarició su paladar. Acarició sus labios con esos dedos y después introdujo esos mismos dedos en la vagina. Húmedos se los ofreció en la boca y ella los chupo, succionó su propio sabor. Los retiro e introdujo su miembro casi hasta el fondo. Lo sacó suavemente sintiendo el roce de los dientes a todo lo largo. Y comenzó a embestir su boca, la lengua de ella lamiendo en cada embestida. Pero cuando la iba a dejar ella ejerció una deliciosa succión.
Otro castigo... Tomó la fusta y en las pantorrillas la azotó. Uno.. Dos.. Tres.. Cuatro.. Siempre debía estar dispuesta a soltar, a dejar ir, a pesar de querer retener el placer, a pesar de querer darlo. Acarició su piel y la lleno de besos en esos verdugones rojos y adoloridos.
Ella se sentía al borde del desmayo. Las cuerdas estaban comenzando a apretar su cuello más, no sabía hasta donde iba a soportar. El placer, el dolor y otra vez el placer. Su piel anhelante, sentía todo, quería todo. Se imaginaba los verdugones rojos que tenía, sus nalgas ardían. Pero el dolor en su vagina, en su útero. Las contracciones que pedían ese duro miembro, eran el peor dolor que podía tener. Cada beso era un doloroso placer, cada caricia encendía luces en su cabeza. Arrancaba gemidos húmedos de su garganta. Por favor...
Él regresó a su trabajo, introdujo su miembro nuevamente en la boca, esta vez la dejó quieta y permitió que ella succionara ávida, entregada, queriendo complacerlo con esa lengua afilada. Cuando retiró su glande, vio el hilo largo de saliva que los conectaba. Su respiración era entrecortada y la acomodó en una posición más cómoda. La estiró como estaba en un inicio. Se arrodilló frente a ella y volvió a lamer su vulva, su vagina, su clítoris. Recorrió plieges, labios y mordió cada uno de ellos. Pellizcaba sus nalgas y a veces sus pezones, mordía suave su clítoris y otras veces más fuerte. Gemía, adolorida, placenteramente adolorida. Tomó la palmeta y cuando sabía que iba a explotar en un orgasmo, golpeó sus nalgas. Placer con dolor. Aprender a que no importa el dolor, el placer no se esfuma. Control. El dolor no detiene el placer. No desconecta los sentidos, ni los sentimientos. Los une, pero se sabe diferenciar entre uno y otro. El orgasmo llegó, fuerte, apretando sus nalgas. Duras las piernas, empujando la cadera hacia él. Él masticaba suave su clítoris. Alargando el placer.
Se levantó y justo cuando la iba a besar suave, sintió el cuerpo de ella estremecerse en un sollozo. Le quitó el antifaz sonriendo. Miró esos ojos acuosos, suplicantes, nublados de conocimiento. Hasta que vertieron las lágrimas añoradas. Haciendo surcos en la cara. Sonrió y lamió cada una de ellas. Ella cerró los ojos y se dejó ir en llanto. Se rompió por fin. De ahí reconstruirse iba a ser fácil. La besó suave en los labios y la dejó amarrada. Se puso detrás de ella y la dejó ver como disfrutaba penetrarla, hacerla suya. Cuando entró en ella, esa vagina húmeda lo recibió con un orgasmo inmediato. Ella rugió de placer, cerró los ojos y echo la cabeza hacia atrás Mientras el la tomaba por el cuello con una mano y con la otra en el bello botón de su ombligo. Las embestidas venían con mordidas en el cuello, en los hombros. Cada vez más fuerte, cada vez más rápido, dolorosas, ella casi gritando, perdida en el éxtasis de ese poder. Sentía, las contracciones de esa vagina. Sentía el poder que nacía en ella. El poder que él iba a pulir. Extasiado, sus embestidas lo llevaron a eyacular. Al mismo tiempo que ella llegaba al orgasmo salvaje que su cuerpo añoraba. Con esa ligera asfixia que prolongaba su éxtasis.
Cansado. Besó suave sus hombros. Miró a sus ojos y solo vio, agradecimiento, igualdad, devoción y eterna lealtad. No desafío, no amor. Complicidad, amistad. Su brillante opaco, comenzaba a brillar con nuevas facetas.
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