- Te quiero.
Y con esas palabras expiró. El último suspiro de su frágil cuerpo fue un te quiero, tan honesto, tan leal como siempre fueron. Abrazó a su madre, abrazó a su hijo, salió de la habitación donde pasó las últimas noches leyendo, escribiendo, dormitando, vigilando y enflacando. Pasó a un lado de las flores blancas que compró en la mañana y salió corriendo del departamento, del edificio, de las ganas de vivir sin esa persona tan especial en su vida. La lluvia caía, la tormenta era fría. Un invierno cualquiera de la ciudad inmensa en la que vivía. Corrió por las calles, llorando, sin deternerse, los pulmones dolían, las piernas se entumían. Llegó a la entrada de la Iglesia, cayó de rodillas en las escaleras y un rayo iluminó la puerta. Gritó, tan fuerte, tan doloroso que el trueno del rayo no la opacó. Su grito inundó la calle y la lluvia arreció. Parecía que el cielo le correspondía. Derrotada. Y sin embargo con la fortaleza de ofrecer lo que fuera para que regresara.
Una sombrilla, unos zapatos lustrados y un traje negro impecable. Volteó, una sonrisa y una mano que se tendía hacia ella, unos ojos azules, fríos, helados. Lo observó y tomó su mano sin vacilar.
En una banca de la Iglesia, sentados, en silencio ella sollozaba. Tomando firmemente su mano y no paró hasta que ya no daba más lágrimas su cuerpo, pero el dolor no se iba. Ni una palabra, ni una insinuación, solo le dijo:
- Haré todo lo que me digas.
Él sonrió. Beso su mano, la miró a los ojos y la despachó con un ademán y una sonrisa. Al llegar a casa, los paramédicos hablaban.
- Sorprendente, revivió. La llevamos al hospital alguien debe de venir.
Fueron todos. Se recuperó. Mejoró y no hubo signos de ninguna recaída. Milagro, decían. Pero ella sabía cuál era la razón.
Una noche, sola, alguien tocó. Era Él, le sonrió y le extendió una dirección, un nombre, una razón. Leyó con calma y luego se volvió cenizas. Llegó y no había ruidos, ningún animal cercano, ni un gato maullando cuando ella puso pie en ese lugar. Silencio sepulcral dirían. La puerta sin trabas permitió la entrada, sola se abrió. Sin ninguna razón, la luz se extinguió. La esperaban, le temían, le adoraban. Sollozos, disculpas, perdón, ruegos. No, como respuesta a todo. No, sin voz. No, con la mirada. No, con la sonrisa. No, con el bisturí en la mano. Un corazón palpitante y una cerilla. Cenizas. Y Él, recibiendo el encargo con una sonrisa.
Cada noche una cara distinta, una condena con razón. Cada noche una gélida sonrisa. Y cada noche cambiaba vidas, tocaba historias, pero su aliento, la marca más importante de su vida, la marca que la hizo sonreír cuando pequeña, seguía viva. Respirando, viviendo. Solo tenía que hacer lo Él le pedía.
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