miércoles, 12 de marzo de 2014

Extrañar

Soledad. Gabriel Figueroa
Quedarse callado un sentimiento.
Guardar pudor de lo que se dice cuando se siente.
No expresar tal cuál uno siente.
Miedo de entregar más de lo que el ego dice que recibe.
Porqué se tiene miedo de dar permiso a que lo lastimen una vez más.
Ahí va, con todas sus letras, con todo el valor. EXTRAÑAR.


Acá en este cuerpo de 40 se extraña como si tuviera 16, con la osadía de las hormonas, la inocencia y el cariño.
Acá en estas letras se extraña con razón, con poder, con ganas y sobre todo corazón.
Acá en esta mente se extraña con paciencia, risas y memoria.
Acá en conjunto se extraña por la simple razón de existen sonrisas llenas de libertad.
Acá es fácil decir lo que siento, porque si me pongo de frente a decirlo me cuesta no morderme la lengua y agarrarme de la razón y la frialdad. Porque la sociedad ha creado falsas expectativas de la mujer fuerte y autosuficiente.
Extrañarte así sin más, extrañarte por extrañar la presencia física que causa bienestar.
Extrañar esos labios que me causan cosquillas, esas miradas que me causan rubor y esos besos que me causan escozor.
Extrañar esas bromas para no hacer del cariño algo tan serio, para no hacer tan notorio las ganas que nos provocamos de querer.
Extrañar la coraza de risas y besos cuando estamos por decir algo que va más allá de la razón, cuando estamos por llegar al corazón.
Extrañar la sencillez con la que estamos uno al lado del otro, embonamos aún tomando distancia.
Extrañar las tazas de café en la barra de la cocina, con la charla que suaviza la fría luz del halógeno.
Vaya, extrañar sin doler. Y aunque duela, extrañar es parte del cariño que uno puede dar.
Si se deja de extrañar sin doler, no quiere decir que deje de importar, es simplemente libertad.
Así que te digo sin miedo que acá se te extraña, con toda la libertad que se puede entregar en el cariño que he aprendido a dar. 



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