El mundo se había vuelto violento, sobre poblado y solo nos quedaba observarlo con la indiferencia de quien no cambia nada con gritar o quejarse. Los edificios sobre habitados y la comida escaseaba. Era el fin de los tiempos para la humanidad. La tecnología favorecía a unos pocos.
Este mundo distópico me parecía ya aburrido, ya que venía observándolo desde hace siglos. Literal, siglos. Algunas guerras habían sucedido y eso era emocionante, nos dejaba comida en abundancia. Sin embargo, esta raza se negaba a extinguirse y nosotros necesitábamos un hogar. Había algo que al final los unía y no permitían que la Tierra siguiera sin ellos. Egoísmo puro lo llamábamos.
Algunos de nosotros habíamos incursionado en el mundo. Generalmente nos veíamos como mujeres hermosas y frágiles. En realidad no hay sexo definido en nuestra raza. Somo andróginos. Era solo un camuflaje y un anzuelo. Se podría decir que eramos como el mito que llamaban sirenas. Nuestro encanto los atraía a las fauces del hambre que sentíamos. Malditos humanos, no sabían cuidar este planeta y el planeta ya no sabía como deshacerse de ellos, así que se puso a dormitar y dejó de generar riquezas.
El mundo de los humanos llegaba a su fin y no se esforzaban demasiado. Los poderosos lograban para ellos lo que debían convidar con todos. Nos preocupamos cuando comenzaron a cazarse entre ellos. La carne humana para el mismo humano causa estragos a la larga, pero da fuerza y vida. No podíamos permitir el surgimiento de una nueva raza, que evolucionara al medio. Debíamos actuar enseguida, aunque debiéramos romper el juramento de que no debíamos intervenir con el curso de la raza.
Una noche por todo el mundo, descendimos. Con simples armas. Con cuchillos y belleza. Disfrazados de esas beldades carnales que anhelaban todos. Amazonas nos dirían.
Bajamos del cielo en carros de fuego, muy parecidos a los Dioses Griegos. El fin del mundo, ángeles, demonios, extraterrestres los más atinados. Solo unos pocos nos reconocieron por lo que somos. Necrófagos.
Fue fácil, contamos con el asombro y cuando los líderes y sus naciones reaccionaron, éstos estaban siendo degollados o sus cuellos estaban cediendo ante la fuerza sobrehumana de las "Amazonas", rotos con una sonrisa en el rostro. Muchos sobrevivieron, muchos se escondieron, muchos siguieron luchando. Pero poco a poco los reunimos a todos y no quedó vivo uno solo. No importaba guardarlos como ganado. Eran solo carne que podía disfrutarse fría. El Polo Norte aún no se derretía y conservaba una buena porción para congelar a la humanidad que pereció. Lo demás fue comida de bienvenida para el resto de nosotros.
Comenzamos a ordenar los climas, empezando por los polos. De ahí el agua vino sola, la depuración de esa suciedad que llenaba todos los cuerpos de agua y los animales que en ellos vivían se fueron recuperando de manera rápida gracias a la tecnología de los poderosos de ese planeta. El mundo comenzaba a ser Azul de nuevo. Así que supimos que seríamos blanco de otras invasiones. Protegimos al planeta con un escudo tan poderoso que podíamos detenerlos por miles de siglos sin preocuparnos. Eso, cortesía de otro planeta.
No, se equivocan, no agotamos recursos, no somos un virus, simplemente nos aburrimos después de siglos y buscamos nuevas fronteras. Dejamos el planeta limpio, para quien lo necesite, quiera o simplemente se desarrolle vida naturalmente en él.
Ahora, después de un tiempo considerable de la invasión, estamos destruyendo los últimos vestigios de la humanidad. Esas construcciones tan sucias y poco amigables con el planeta serán suplantadas, por hogares cálidos y llenos paz. La comida no escasea, tenemos reservas impresionantes en ambos polos. Trasladarlos no es difícil.
Observo desde mi puesto la destrucción de esas inmundas ratoneras. Leo los reportes de los avances y admiro las señales de que el planeta se recupera. Como el café que tomo. Recién cultivado en una zona ya fértil y con las características necesarias para dar un sabor tan exquisito. Veracruz le llamaban, Nueva Era le puse. Al final yo decido como se llamará este nuevo hogar.
Si se preguntan porque los necrófagos tomamos café, la respuesta es simple. Somos vegetarianos, la única carne que nos satisface es la del humano. Nos adaptamos fácil a las mezclas químicas del ambiente. Así que ése es el único requisito para elegir un nuevo hogar, el tipo de carne que lo habita.
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