martes, 18 de marzo de 2014

20 minutos

Una sonrisa y abre la puerta. Un beso y las ganas espesas de sentirse cuerpo a cuerpo. Tienen el pudor de charlar primero, de postergar el evento. Se paladean en cada palabra, en cada sonrisa y entre café y miradas unos cuantos besos para ir subiendo el fuego.

Se sostienen la mirada en silencio por unos segundos y caen en abrazos y suspiros. No detallan la caída, porque si no, se vuelve vuelo. Las piernas abrazan y las manos arañan. Se pegan cuerpos y él domina, ella lo deja. La pared la detiene de la vertiginosa caída de esa boca rodando por su cuello, de esas manos que con detalle aprietan pensando que tal vez si la suelta desaparece de la escena. Las manos reptan por las piernas y levantan el vestido tan apropiado para la ocasión de esas ganas guardadas. Ese vestido que sugiere, invita y desatan las caricias.  

- Solo me quedo 20 minutos
- ¿Segura que solo puedes eso?

Se acaban las palabras. Las miradas brillan y las caricias se intensifican. Los morados de las mordidas y las uñas marcadas se verán a la siguiente mañana. En unas horas cuando se miren al espejo. el vestido hasta la cintura y la mano que explora y los besos que muerden. Ella solo se abraza cuál colegiala de su cuello y deja que sus gemidos hablen de las manos que la recorren. Hasta que comienza a recorrer su espalda con uñas, pegándose a su cuerpo y atrayéndolo con una pierna. Sentir la erección de concurre entre las piernas. Desabotona su camisa y mete una mano entre el cinturón y el ombligo. Una erección perfecta y húmeda. Retira la ropa de sus senos y atrapa un pezón con la boca, succiona, muerde y lame; levantando los gemidos. Ese canto lo pone al borde de la ansiedad de estar adentro. Baja, aún reteniéndola contra la pared, colocando su pierna en uno de sus hombros. No quita la ropa, vicioso, solo la corre hacia un lado y ávido lame, ese botón rosa, ese envase de placeres desmedidos. No, no, solo la pone igual que él. Escucharla correrse pero cuando este dentro de ese fuego que huele a dulce. Toma la temperatura con un par de dedos y es un calor que le asombra. Se levanta y ella esta ansiosa de probarlo. Y en algún momento entre la pared y la cama se despojan de la ropa. En la mullida cama ella atrapa con su boca esa erección que llora por ella. Lo trata con la dulzura y dureza que corresponde a la escena. Y es que escucharlo gemir es una delicia. Después de eso se miran a los ojos con urgencia, con necesitarse unidos en esa comunión de carne perfecta, los dos se encuentran a punto de caer en ese abismo, donde en el fondo concurren ríos de cristalino y blanco placer.

Eran solo 20 minutos...




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