lunes, 10 de febrero de 2014

Pesadilla

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Adicto a esos sueños que pronto se transfomaron en pesadillas. Disfrutaba la adrenalina de su sangre al despertar, el sudor y la sensación de correr huyendo, pero deseando ser atrapado. Escuchaba los gruñidos, las pisadas, los aullidos. Su esposa en un inicio se preocupaba, finalmente terminó obviando la situación. Como todo...

Despertaba justo a las 3 y no dormía más. Café y los recuerdos del sueño (pesadilla). Trataba de unir los pedazos. Una mujer. Una mirada desde un bosque. Aullidos. El corriendo desnudo. Dientes cerca de su cuello. El olor de sangre. El placer aunado a ese terrible dolor. Porque esa dolorosa erección no se podía negar cada que tenía ese sueño. Entonces escucho un susurro... Afuera... Se asomó y una sombra a lo lejos se escurría entre los árboles. Unos ojos amarillos y brillantes refulgieron en la oscuridad, luego otros y otros y otros. De pronto un aullido que convocó a una sinfonía a la Luna. Ahí estaba, ella, su sueño, su fantasía, con la mirada clavada en él. Plena, desnuda, salvaje. Salió de la casa... Desnudo... Y sin pensarlo se dirigió a donde ella había estado. Risas, rizos flotando en el aire, una mano rasgando un árbol. Hasta que se perdió. En el bosque, frío, oscuro y perdido; seguía su obsesión por saber que era ese sueño que se presentaba tan real, tan nítido. La hojarasca le lastima los pies, constantemente tropezaba con las raíces y en ocasiones unos ojos amarillos aparecían. 
Sintió sus manos, sus uñas (garras), acariciando su espalda. Lo abrazo y lamió su cuello. Él lo ofreció sin resistencia y ella comenzó a acariciarlo. Se abrazaron y poco a poco los besos y caricias comenzaron a surtir efecto. 

En el bosque ella lo montaba. Cabalgaba ese miembro erecto, deseoso de conocerla desde hace muchos sueños. Sus ojos variaban de amarillo a negro. Sus dientes poco a poco se veían más afilados. Las uñas se clavaban cada vez más, como garras. Él cierra los ojos disfrutando el momento y comienzan los aullidos. Uno a uno uniéndose al coro. Rodeándolos. Los siente observando. Y siente la tibia sangre de su cuerpo corriendo de los desgarros provocados por esas garras. De pronto siente una nariz fría y un aliento gruñendo en su cuello. No abre los ojos, sabe lo que viene y siente, duele, terriblemente, aunque extraño se siente más vivo al ser devorado que cuando duerme en su cama y va al trabajo. Los colmillos largos y salvajes muerden hombros, destrozan huesos y se une el alfa de la manada. La hembra alfa se lo impide. Es de ella. En su agonía sonríe porque ella es su dueña, y nadie lo toca si ella no lo permite. El macho se aleja unos pasos. Paciente espera a que la hembra se sacie. Él mira esos ojos amarillos y se hunde en ellos. El dolor tan insoportable de su sueño en un hecho, grita, agoniza, pero no huye. Huele su propia sangre y eso lo enardece. Se ríe y le dice...

Estaba esperando esto, cada noche vuelvo a tus pies, a tu dolor lacerante, soy tuyo, destroza mi cuerpo y permite que me quede siempre con ustedes... 

Ofrece su cuello y ella canta con deleite. Muerde su garganta y su aorta. Se ahoga con su propia sangre pero adora ese dolor. La muerte próxima se acerca entre ellos, una sombra oscura camina y acaricia pelajes. La hembra desgarra y muerde, sacia su sed y la sombra se acerca. Esta por tocarlo, su mano muy cerca de la cara...

Despierta...

- Amor, otra vez estabas soñando. Gritabas. Me asustas ¿Estás bien? Estás empapado en sudor.

Abre los ojos, atento, voltea a la mesa de noche, el reloj marca justo las 3:00 am.

- Sí, la pesadilla de siempre

Ella le besa la mejilla. Se gira y cae dormida, sin darle mucha importancia a la pesadilla de su marido.
Él se levanta y toma un vaso con agua en la cocina. Mira el bosque por la ventana unos ojos amarillos y brillantes lo observan. Escucha risas en el aire, ve rizos desapareciendo entre los árboles. Se oyen murmullos...

Siempre regresas, ofreciendo tu cuello. 
Siempre regresas al altar para tu sacrificio. 
Devoto amante de los lobos.




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