Todo empezó con un "¿Como me veo?" La respuesta cruda y cruel que ella no esperaba del novio dulce y lindo que ya llevaba un año con ella. "Mal". Sus ojos se abrieron enormes. Sorprendida y de inmediato se llenó de lágrimas. Se escondió en su cuarto y buscó otro cambio. Al salir, decidió no preguntar más. Él la miró de pies a cabeza y le dio un beso en la frente diciéndole "Te ves hermosa mi amor". Ella sonrió y así entro al camino de la degradación.
Años pasaron y los detalles aumentaron. Ella se esforzaba por ser mejor para él. Gimnasio, baile, cabello, maquillaje, ropa. Todo aceptado y aprobado por su Amor. Evitaba mirarse a los ojos en el espejo, revisaba todo menos lo que reflejaba en la cara. En muchas cosas no estaba conforme, casi todas, pero le bastaba complacerlo. Se quedaba callada a su lado, lo dejaba figurar en las fiestas, ella silenciosa a la sombra de su imagen.
Un matrimonio feliz, decián. Un matrimonio perfecto, veían. De pronto una familia hermosa se dejaba ver. En secreto el desprecio era terrible. El espejo era cada vez más diáfano en su reflejo. Nadie veía sus lágrimas nocturnas y discretas. Su tristeza infinita. Guardaba todo para si. Ni sus hijos se fijaron de la sutil bruma que rodeaba a su dulce y siempre dispuesta madre. Una mujer hermosa, dulce, tierna y cariñosa. La esposa perfecta, la madre inmaculada, la estatua de marfil. Todo para él, por él.
Él, satisfecho, la presumía en público, como la mejor adquisición que pudo haber hecho. Ella sonreía complacida. Pero la sonrisa se iba cuando él, en el silencio y oscuridad de la habitación, destrozaba los atributos fabricados de ella
Tu vestido no fue el correcto hoy...
Esa comida quedo mal...
La próxima vez ni te molestes en salir si no vas a atender bien a mi familia...
Los hijos crecieron, se fueron y su soledad la abrumaba día a día. Cada vez más y más. Los motivos de distracción se fueron y sin amistades no hubo más que recuerdos y los gritos de su cerebro acallados por el bullicio de una vida con hijos.
La casa hermosa y grande como dijo él alguna vez cuando la compró, antes de proponer pasar el resto de su vida con él. Para ti, que eres la más bella. Sonreía con esos recuerdos que guardaba cuidadosamente para no romperse de manera irremediable. Pero la mente es grande y hace que todo lo que la destruye poco a poco salga para liberarse del caníbal que la carcome. La mente es brillante para curarse, para enviar mensajes de que algo tiene mal. Solo que hay algunos que la doblegan hasta que esta se rompe y no puede más.
Una noche él llegó más hiriente que de costumbre. La cena no le pareció, haciendo el comentario. ¿Ves? Por eso tu novio anterior te dejó por ir a la Universidad. Es mejor hacer 5 años de carrera y 2 de maestría que esperar a que tu hagas bien una cena.
El recuerdo del novio estrelló su mente. Como los cristales, que cuando les avientan una piedra pequeña no se rompe, solo se estrella en un pequeñísimo lugar y de ahí comienza a resquebrajarse con los cambios de temperatura. Así fue, de a poco, con el recuerdo del que alguna vez fue su novio flotando ante sus ojos; su mente comenzó a pensar lo distinto que sería todo a su lado. En la ciudad, ese urbe inmensa, llena de coches, bullicio y contaminación. Un departamento, un solo hijo y él. Un hombre que la respetaría y la haría sentir mejor. Sería feliz... La palabra que rompió con todo fue esa, Feliz ¿Que era ser feliz? Nunca lo había pensado. Sus lágrimas sin razón le querían decir algo que ella se esforzaba en bloquear. Y ahora salía lo que en realidad significaban.
Su mente estrellada comenzó a caer en pequeños e irreparables pedazos. Se fue al espejo un día, se miró, realmente se miró. Observó detenidamente la mirada opaca que reflejaba el vacío que sentía. Sus ojos, una vez hermosos, eran tristes y apagados. Su maquillaje impecable cubría el ceño de las largas noches de tristeza. El tinte ocultaba las canas de las angustias guardadas. La ropa guardaba un cuerpo cansada de ofrecerse a caricias que no la llenaban. Se observó más allá y sonrió genuinamente por primera vez.
No eres feliz, nunca lo fuiste y ahora que ves en que te convertiste no lo vas a ser jamás. No puedes huir de un infierno que aceptaste, en el cuál llevas más de 20 años viviendo como si fuera el cielo.
Sabía que tenía que hacer. Lo supo al terminar de observarse en el espejo. Se bañó. Se quitó todo el maquillaje y la ropa que no era del gusto de ella. Quedó desnuda. Palpó su cuerpo como le hubiera gustado que la tocarán. Acarició su boca, su cara, miró sus ojos en el espejo y vio ese brillo que se ocultaba. Una mente enardecida por la locura próxima a surgir. Se hizo el amor. Tocó ese botón de placer que nunca imaginó poder sentir. Los gemidos ahogados por años y años de insatisfacción surgieron como rugido. Desde lo más profundo de su vientre hasta el alarido de las cuerdas vocales. El rubor natural en sus mejillas, sintió el calor de su piel y por primera vez olió su olor de mujer complacida. Su humedad la tocó hasta las lágrimas y llevó sus dedos a la boca para probar su propio sabor. Sonreía y comenzó a reír, con la locura que fluye más allá de la mente. Sin dejar de carcajearse todo el camino. Buscó la soga e hizo el nudo corredizo que aprendió de sus hijos. Busca la viga de la casa y colocó la escalera debajo de ella. Doble nudo corredizo uno para la viga y otro para su frágil cuello. La risa retumbaba por toda la casa. Las paredes la miraban felices. O eso pensaba ella. No dejó ni una carta, ni un adiós, ni una explicación, solo su locura gritando en carcajadas.
Me voy, no soy de aquí, ya no. Me voy, como vine, sin nada. Me voy libre... Al fin.
Saltó.. A ese vacío negro y oscuro del suicidio, la locura la llevó de la mano. Admirable fortaleza la que demostró al final de su triste vida.
Los comentarios decían...
Pero se veía feliz, su vida era perfecta...
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Habla