Pensaba en los Borgia, en especial a Lucrecia. Misteriosa mujer que su hermano y padre utilizaban para alianzas políticas. Pensaba en lo que las malas lenguas decían, que había aprendido el arte de crear poderosos venenos. Con los cuáles dicen que despachó a hijos esposos y amantes. Eso decían. Le gustaban las mujeres fuertes, le gustaba dominarles. Eso le recordaba a su madre, dura como piedra, pero que no supo soportar el dolor de su hijo. Encontrarla colgando, no fue lo mejor para él, pero lo siente como libertad total. Por ella se detenía y trataba de controlar esa sed que había nacido en su mente. Era escrupuloso pero muy sádico. Deseaba haber podido darle a su madre uno de esos venenos de Lucrecia que dormían para nunca despertar. Hubiera preferido ser el ejecutor de su dulce columna de hierro
Recordando, sin poder dormir, junto a una mujer pasajera en su vida de nómada; evocaba el momento que lo marcó por siempre. Era joven, casi un niño, 12 años tenía. Aunque era alto, era flaco todavía, pero se veían los genes del padre que lo abandonó. Caminaba de noche de casa de un amigo y una camioneta se detuvo a su lado y sin poder reaccionar a tiempo se vio atrapado en ese lúgubre auto, uno manejaba y el otro lo sometía. Durante una semana estuvo desaparecido, todo el tiempo imaginaba la preocupación de su madre, el dolor, el sufrimiento y su desesperación. La amaba y no quería que sufriera más por su culpa. Su cautiverio en una jaula como animal a merced de los vicios degenerados de esos dos monstruos. Los primeros días lloró, pero cuando recibió un violación sádica y degenerada por llorar (así le dijeron) el demonio en él se desató. Se recuperó y la siguientes ocasiones que lo visitaron no lloró y se logró escapar en un descuido. Su razón le dijo "corre, lejos, rápido, escapa". Su demonio le imploraba regresar y acabar con ellos de una manera sádica y sangrienta. La razón concilió con el demonio y le dijo "Después". Cuando llegó a casa se negó a hablar con su madre de lo sucedido y ella le imploraba que la dejara ayudarlo.
- Estoy más allá de tu ayuda mamá. El amor que me tienes y te tengo me mantuvo vivo. Eso es todo lo que debes saber.
A sus 13 años era un hombre que sabía que el mundo se caía a pedazos en la oscuridad de la mente de algunos. Su mente en particular maquinaba, olfateaba y atraía al tipo de monstruos que lo atraparon. Su madre algo sospechaba, se daba cuenta de que algo había surgido en su hijo y por las noches lloraba. Pero el vecino, supo primero el tipo de demonio que ese niño encerraba. Comenzó a acosarlo sin saber que ese niño dormía en el mismo infierno que él, canalizado de distinta manera, pero el mismo abuso sufrieron. El vecino sacaba sus demonios abusando de jóvenes, pero esta vez se equivocó. Sus 13 años de supuesta inocencia le dieron la ventaja, su demonio milenario le enseño como hacerlo sin que le pasara nada. Cuando lo invitó a su departamento el niño supo perfectamente como tenía que proceder. La seducción le pareció asquerosa y cuando el tipo tuvo ese brillo para comenzar a abusar violentamente de él, se paró a la cocina a tomar más de ese vino que le ofrecía y tomó un cuchillo grande, filoso. Cuando el vecino lo quiso atacar el volteó y hundió ese filo en el estomago. Lugar que hiere pero no mata hasta después de unas cuantas horas. Lo llevó a la tina. Lo desvistió. El vecino estaba desmayado. Saco los guantes que había comprado y se desnudó. Doblo cuidadosamente su ropa y comenzó. El demonio le dictaba.
Ahora tenía casi 33. Llevaba 20 años cazando violadores. Viajaba de lugar en lugar, el dinero de su madre le daba la posibilidad. Conseguía trabajos temporales y sin llamar la atención buscaba a aquellos dos que lo hicieron despertar. Les deparaba el dolor más grande que podían imaginar. Dejaban un rastro característico de ataques. Zonas poco pobladas, colindando con bosques donde podían rentar cabañas. Frecuentaban barrios pocos concurridos, nada de ciudades. Lugares donde la seguridad no era afectada por los pocos incidentes que pasaban. Eran seriales y él era igual. En serie.
En ese trayecto de 20 años su sed se calmaba cuando no los encontraba pero encontraba a otros que no se movían, que eran locales. Así que libraba al lugar de una de las amenazas más crueles para la humanidad. Un día encontró demasiado tarde a uno, el niño murió en sus brazos. Recuerda la furia, la ira con la que asesino a ese monstruo. Llevó el cuerpo del niño a la casa de los padres, el cuerpo del asesino lo expuso como bandera en la entrada de la casa de justicia de ese lugar. Burlándose de la autoridad, diciendo lo que él había encontrado en unos días y ellos en años no podían. Los padres hablaron públicamente agradeciendo entre desgarradores llantos saber por lo menos donde estaban sus hijos. El monstruo los guardaba como trofeos en su sótano. Los enterraba.
Le parecía una ironía que él, que rescataba almas inocentes de almas condenadas a un infierno; fuera el perseguido y más buscado que los mismos monstruos que él asesinaba. Tenía la ventaja de que nadie sabía como era. A través de los años y a raíz de la muerte de su madre no se mostraba con nadie. No estaba mucho tiempo en el mismo lugar y siempre iba en pos de encontrar a sus monstruos personales. Un día llegó justo a tiempo. Antes de que se marcharan de la zona. Un pueblo casi en el medio de la nada. El invierno comenzaba y esa era la época favorita de ellos. Los cuerpos se ocultaban por meses antes del deshielo y lavaba casi todos los rastros que ellos dejaban. Lo primero que hizo fue buscar a los niños recientemente desaparecidos y encontró tres de ocho, 10 y 12 años. Buscó las cabañas que se rentaban y las más alejadas. Había dos recientemente rentadas. Parecía que todo se acomodaba para que llegara su gran día. Le agradeció a su madre por la ayuda concedida.
Decidió ir a pie. Dejó el hotel donde se hospedaba y el coche que rentaba y desapareció las pocas pertenencias que tenía. Básico todo. Caminó hasta llegar a una de las cabañas. La nieve comenzaba a aumentar y en poco tiempo iba a ser imposible caminar. Su demonio lo guiaba bien, era la cabaña correcta. Los vio sentados en una mesa, en silencio. Fumando. La chimenea andando. Rodeo la cabaña y en uno de los cuartos observo a los niños llorando en silencio. El más grande abrazaba al menor. El de 10 años se encontraba maltrecho en un rincón, inerte y su demonio le suspiro Esta muerto, demasiado para su frágil mente. La mente controla el cuerpo. Si la mente no decide morir el cuerpo resiste inclemencias. Observó como la puerta se abría y uno de ellos levantaba el cascarón sin vida del pequeño. Salió y caminando se fue en dirección al pequeño lago que estaba cerca. El hielo evitaría que el cuerpo flotara hasta la primavera. De cualquier manera sabía que el tipo lo llenaría de piedras. Poco después el otro tipo salió atrás del primero. La casa vacía y los niños petrificados de terror no iban a escapar. El entró. Les pidió guardar silencio, aunque su gran tamaño los hizo silenciar del horror que imaginaban que podía hacer con ellos. El sabía la impresión que causaba sus casi dos metros de altura. Su cabello cortado militarmente y su cuerpo imponente. Todo herencia de su padre. La fortaleza la heredó de su madre. Se puso en cuclillas y les habló. Nunca hablaba con las víctimas, solo las rescataba.
- Esto los hará fuertes. No deben olvidarlo. No dejen que los destruya, dejen que sus padres les ayuden. Van a regresar con ellos.
Sus sollozos se volvieron esperanzados. Alguien los rescataba de una pesadilla. Un demonio, de los más peligrosos pero ellos solo dirían que era tan grande como un ángel, tan fuerte como el arcángel Miguel, luchando contra Lucifer mismo. Un ángel que Dios les había enviado por que escuchó sus plegarias.
Les pidió silencio y salió. Exploró la casa y buscó las armas que recordaba haber visto hace 20 años. Las encontró todas. Les quitó municiones quería el factor sorpresa. Se sentó en la mesa a esperar, tranquilo. Con ese cuchillo en la mano. Un cuchillo que era tan impresionante como él. Cuando entraron tuvieron dos segundos de impresión y buscaron las armas estratégicamente ocultas. Le apuntaron sonriendo, lo miraban triunfantes, su cuchillo frente a las armas no los amedrentaba. Se levantó sonriendo, la sonrisa del Diablo. Abrió los brazos desafiando a que dispararan y cuando lo intentaron, aprovecho los momentos de confusión y los derribó. Uno cayó al piso desmayado y el otro salió corriendo a la nieve, al bosque. Tomó al primero, el segundo sin coche y con la noche acercándose no llegaría muy lejos. Lo llevó a uno de los cuartos vacíos. Lo desvistió rápido, el tipo comenzaba a reaccionar. Sacó ese mazo de la mochila y los clavos de hierro forjado. Si darle demasiado tiempo amarró los pies y lo levantó contra la pared. Lo crucificó. Eso no lo iba a matar pero si lo iba a hacer sufrir y tener otro concepto del crucifijo que traía colgando del cuello. El maldito creía en Jesucristo. Amarro su cabeza a la pared para que mantuviera la vista al frente. Trajo a los niños. Ellos traían un crucifijo colgando el cuello también, pero esas almas inocentes verdaderamente creían en Él. Asustados entraron. Sus caras asombrados de ver al demonio desnudo y sufriendo, clavado como Dios. Tomo el crucifijo del cuello del monstruo y lo arrancó.
- Esto que sufrió Él en esa cruz, está destinado para los verdaderos demonios como él.
Señaló al violador.
- No se conviertan en esto, no dejen que sus mentes se dañen por este demonio. Confíen en la voz que les habla desde lo más profundo de ustedes. Ahí esta su Dios, dentro de ustedes. Ni en la Iglesia, ni en un crucifijo, ni en ningún ídolo. Esta en ustedes y les habla a susurros y los guía.
Utilizó su religión para darles algo de confort mental. Deseaba en verdad que estos niños no sufrieran más allá. Lo deseaba a cambio de su alma. Pero los deseos a veces se hacen verdad. Llevó a los niños a la entrada del pueblo. Y ellos lograrían llegar a sus casas. Antes de salir los niños voltearon a verlo y la mirada más sincera le regalaron, con un gracias que jamás había escuchado. Uno de ellos le dio su crucifijo. Gracias Miguel. Y se marcharon. Se sorprendió al escuchar su propio nombre en boca de criaturas inocentes. La última vez que escuchó su nombre con tanto amor fue en boca de su madre la mañana que se suicidó. Regresó a la cabaña, caminando. Dejó la camioneta escondida a un lado del camino.
El monstruo aullaba de dolor, de frío y gritaba por que lo rescataran. Palideció cuando vio entrar a Miguel. Guardó silencio y eso fue perpetuo. Miguel no le dirigió la palabra. Solo comenzó su arduo trabajo. Esta vez no se desnudo. Fue preciso, no quería anestesiarlo. Solo hizo un corte en la piel. No muy profundo, atravesando su vientre. El violador aulló mientras se orinaba y defecaba sin control. Miguel se reía fuerte, estridente y su demonio lo disfrutaba. hizo otro corte longitudinal, hasta el ombligo. Los aullidos continuaban. Sacó un látigo. Y lo flageló. Lo dejó en carne viva y el tipo todavía sobrevivía. Eso era justo lo que quería. Que el flagelo de su látigo lo hiciera sentir lo que los niños sentían cuando el los violaba. Lo anestesió solo para poderlo hacer sufrir más. No sentía nada y era un alivio para el violador, lo notaba en su cara. Pero cuando lo vio sacar el cuchillo nuevamente comenzó a gritar que lo perdonara. Pero Miguel continuo acercando el cuchillo al vientre y suavemente, sin romper más allá, lo abrió como un costal. Sostuvo la herida para que no abriera antes de tiempo, desato la cabeza y dejó que colgara. Se hizo hacia atrás sosteniendo aún la herida y cuando estaba seguro de que el violador estaba viendo, la soltó. Los intestinos se desbordaron, cayendo a sus pies. El violador gritaba perdiendo la razón y la vida. Así lo dejó gritando, expirando. Salió al bosque buscando al que creía haber escapado. Era una noche cerrada, sin luna. Se había retrasado demasiado, pero veía mejor en la oscuridad. Encontró su rastro rápido y lo encontró en la cabaña que estaba a un par de kilómetros. Había asesinado a la pareja que ahí estaba, pero estaban sin coche. Sus amigos los habían dejado. Sintiéndose momentáneamente seguro esperaba el regreso de los otros con el coche y su escapatoria. Cuando Miguel entro brutalmente a la cabaña el violador comenzó a llorar e implorar perdón. Solo sonrió y lo tomó del cuello y lo hizo caminar de regreso a la cabaña. Lo hizo entrar al cuarto de torturas. Se reía con los nombres que bautizaba los lugares. El tipo comenzó a reírse, después a carcajearse, incontrolable. Miguel reía con él, la locura, bendito as bajo la manga de la mente para librarse de lo que la daña. Le arrancó la ropa violentamente. Cortando la piel de paso. El dolor hizo reaccionar la mente del violador y comenzó a gritar con terror al ver a su verdugo. Trató de defenderse y con su tamaño y peso lo sometió. Lo clavó frente a su "hermano" de andanzas. A él solo le iba a dar siete minutos de vida. Lo castró sin más. Y ese asqueroso miembro lo metió en la boca del muerto. Gritaba de dolor obligado a mirar como el muerto se tragaba su miembro. Un hombre se desangra castrado en no más de 10 minutos, así que el proceso con él fue más rápido. Anestesiado, solo lo abrió en dos. Empezó en el ano. Introdujo el cuchillo y su filo perfecto lo fue cortando como mantequilla. El tipo gritaba y no de dolor, solo de saber que era lo que hacía. Llegó a su vientre y él miraba en silencio. En su mente gritaba, pero sus cuerdas enmudecieron de impresión. Sus intestinos salieron. Era un cuerpo inerte partido en dos.
Salió a la sala. El fuego estaba apagado desde hace un rato. Desnudó su cuerpo y tiró las ropas en el cuarto de los niños. Se lavó con agua helada. se puso la ropa de repuesto. Roció toda la cabaña con la gasolina que dejaron para la camioneta. Salió a respirar el fresco de la madrugada y cuando amanecía prendió un cigarro y arrojó la cerilla a la entrada. Todo ardió en segundos. Una pira funeraria para mandar al infierno a eso dos.
Justo en ese momento las luces inconfundibles y las sirenas le anunciaban el fin de su viaje. Hoy es mi cumpleaños, hace 20 años me escapé de esos dos, hoy libero al mundo de dos demonios más. Ojalá viviera eternamente, no me molesta hacer el trabajo sucio de limpiar la basura humana que existe.
Cuando lo rodearon y pidieron que levantara las manos, la vio, la especialista en psicología y psiquiatría. La que los ayudaba a buscar el perfil que tenía. Se acercaba, con calma, hacia él. Hablando suavemente, diciéndole Ríndete. La mujer a la que le escribió alguna vez.
Se que intentas averiguar quien soy, de donde vengo y cuál es mi razón. Entrar a mi locura y encontrar el camino al centro del laberinto. Eres fuerte y estas dispuesta a sortear los cuerpos destrozados, los niños salvados y los recovecos oscuros de callejones sin salidas. Eres perfecta en tu papel de analista. Pero tu y yo sabemos que hay que compartir la locura para entender al otro. Dime quien fue y lo puedo destrozar por ti. Por que yo soy la espada de Dios, el tridente del Diablo, yo soy el ejecutor.
Esa carta la escribió con esmero, le envió un correo, pero la carta en papel la cargaba siempre, junto al corazón. Sonreía recordando esa carta y cuando intentó tomarla de su bolsillo, los gritos y amenazas empezaron. La veía venir, con esa luz tan grande que la rodeaba. Pensaba en la redención que necesitaba. Atrás de él la pira ardía. Sus llamas lamían su espalda, su cuello. Su demonio le susurraba Es hora. Dicen que todo asesino en serie busca ser reconocido por su trabajo. Que todos dejan pistas para que el más digno lo encuentre. El demonio hizo todo el camino para ella. Le recordaba tanto a su madre. Metió la mano en el bolsillo y una nube de pólvora se esparció por el ambiente. Después solo observaba el cielo estrellado sin Luna.
Una noche perfecta para salir a cazar, ya casi llego, te voy a encontrar.
Decidió ir a pie. Dejó el hotel donde se hospedaba y el coche que rentaba y desapareció las pocas pertenencias que tenía. Básico todo. Caminó hasta llegar a una de las cabañas. La nieve comenzaba a aumentar y en poco tiempo iba a ser imposible caminar. Su demonio lo guiaba bien, era la cabaña correcta. Los vio sentados en una mesa, en silencio. Fumando. La chimenea andando. Rodeo la cabaña y en uno de los cuartos observo a los niños llorando en silencio. El más grande abrazaba al menor. El de 10 años se encontraba maltrecho en un rincón, inerte y su demonio le suspiro Esta muerto, demasiado para su frágil mente. La mente controla el cuerpo. Si la mente no decide morir el cuerpo resiste inclemencias. Observó como la puerta se abría y uno de ellos levantaba el cascarón sin vida del pequeño. Salió y caminando se fue en dirección al pequeño lago que estaba cerca. El hielo evitaría que el cuerpo flotara hasta la primavera. De cualquier manera sabía que el tipo lo llenaría de piedras. Poco después el otro tipo salió atrás del primero. La casa vacía y los niños petrificados de terror no iban a escapar. El entró. Les pidió guardar silencio, aunque su gran tamaño los hizo silenciar del horror que imaginaban que podía hacer con ellos. El sabía la impresión que causaba sus casi dos metros de altura. Su cabello cortado militarmente y su cuerpo imponente. Todo herencia de su padre. La fortaleza la heredó de su madre. Se puso en cuclillas y les habló. Nunca hablaba con las víctimas, solo las rescataba.
- Esto los hará fuertes. No deben olvidarlo. No dejen que los destruya, dejen que sus padres les ayuden. Van a regresar con ellos.
Sus sollozos se volvieron esperanzados. Alguien los rescataba de una pesadilla. Un demonio, de los más peligrosos pero ellos solo dirían que era tan grande como un ángel, tan fuerte como el arcángel Miguel, luchando contra Lucifer mismo. Un ángel que Dios les había enviado por que escuchó sus plegarias.
Les pidió silencio y salió. Exploró la casa y buscó las armas que recordaba haber visto hace 20 años. Las encontró todas. Les quitó municiones quería el factor sorpresa. Se sentó en la mesa a esperar, tranquilo. Con ese cuchillo en la mano. Un cuchillo que era tan impresionante como él. Cuando entraron tuvieron dos segundos de impresión y buscaron las armas estratégicamente ocultas. Le apuntaron sonriendo, lo miraban triunfantes, su cuchillo frente a las armas no los amedrentaba. Se levantó sonriendo, la sonrisa del Diablo. Abrió los brazos desafiando a que dispararan y cuando lo intentaron, aprovecho los momentos de confusión y los derribó. Uno cayó al piso desmayado y el otro salió corriendo a la nieve, al bosque. Tomó al primero, el segundo sin coche y con la noche acercándose no llegaría muy lejos. Lo llevó a uno de los cuartos vacíos. Lo desvistió rápido, el tipo comenzaba a reaccionar. Sacó ese mazo de la mochila y los clavos de hierro forjado. Si darle demasiado tiempo amarró los pies y lo levantó contra la pared. Lo crucificó. Eso no lo iba a matar pero si lo iba a hacer sufrir y tener otro concepto del crucifijo que traía colgando del cuello. El maldito creía en Jesucristo. Amarro su cabeza a la pared para que mantuviera la vista al frente. Trajo a los niños. Ellos traían un crucifijo colgando el cuello también, pero esas almas inocentes verdaderamente creían en Él. Asustados entraron. Sus caras asombrados de ver al demonio desnudo y sufriendo, clavado como Dios. Tomo el crucifijo del cuello del monstruo y lo arrancó.
- Esto que sufrió Él en esa cruz, está destinado para los verdaderos demonios como él.
Señaló al violador.
- No se conviertan en esto, no dejen que sus mentes se dañen por este demonio. Confíen en la voz que les habla desde lo más profundo de ustedes. Ahí esta su Dios, dentro de ustedes. Ni en la Iglesia, ni en un crucifijo, ni en ningún ídolo. Esta en ustedes y les habla a susurros y los guía.
Utilizó su religión para darles algo de confort mental. Deseaba en verdad que estos niños no sufrieran más allá. Lo deseaba a cambio de su alma. Pero los deseos a veces se hacen verdad. Llevó a los niños a la entrada del pueblo. Y ellos lograrían llegar a sus casas. Antes de salir los niños voltearon a verlo y la mirada más sincera le regalaron, con un gracias que jamás había escuchado. Uno de ellos le dio su crucifijo. Gracias Miguel. Y se marcharon. Se sorprendió al escuchar su propio nombre en boca de criaturas inocentes. La última vez que escuchó su nombre con tanto amor fue en boca de su madre la mañana que se suicidó. Regresó a la cabaña, caminando. Dejó la camioneta escondida a un lado del camino.
El monstruo aullaba de dolor, de frío y gritaba por que lo rescataran. Palideció cuando vio entrar a Miguel. Guardó silencio y eso fue perpetuo. Miguel no le dirigió la palabra. Solo comenzó su arduo trabajo. Esta vez no se desnudo. Fue preciso, no quería anestesiarlo. Solo hizo un corte en la piel. No muy profundo, atravesando su vientre. El violador aulló mientras se orinaba y defecaba sin control. Miguel se reía fuerte, estridente y su demonio lo disfrutaba. hizo otro corte longitudinal, hasta el ombligo. Los aullidos continuaban. Sacó un látigo. Y lo flageló. Lo dejó en carne viva y el tipo todavía sobrevivía. Eso era justo lo que quería. Que el flagelo de su látigo lo hiciera sentir lo que los niños sentían cuando el los violaba. Lo anestesió solo para poderlo hacer sufrir más. No sentía nada y era un alivio para el violador, lo notaba en su cara. Pero cuando lo vio sacar el cuchillo nuevamente comenzó a gritar que lo perdonara. Pero Miguel continuo acercando el cuchillo al vientre y suavemente, sin romper más allá, lo abrió como un costal. Sostuvo la herida para que no abriera antes de tiempo, desato la cabeza y dejó que colgara. Se hizo hacia atrás sosteniendo aún la herida y cuando estaba seguro de que el violador estaba viendo, la soltó. Los intestinos se desbordaron, cayendo a sus pies. El violador gritaba perdiendo la razón y la vida. Así lo dejó gritando, expirando. Salió al bosque buscando al que creía haber escapado. Era una noche cerrada, sin luna. Se había retrasado demasiado, pero veía mejor en la oscuridad. Encontró su rastro rápido y lo encontró en la cabaña que estaba a un par de kilómetros. Había asesinado a la pareja que ahí estaba, pero estaban sin coche. Sus amigos los habían dejado. Sintiéndose momentáneamente seguro esperaba el regreso de los otros con el coche y su escapatoria. Cuando Miguel entro brutalmente a la cabaña el violador comenzó a llorar e implorar perdón. Solo sonrió y lo tomó del cuello y lo hizo caminar de regreso a la cabaña. Lo hizo entrar al cuarto de torturas. Se reía con los nombres que bautizaba los lugares. El tipo comenzó a reírse, después a carcajearse, incontrolable. Miguel reía con él, la locura, bendito as bajo la manga de la mente para librarse de lo que la daña. Le arrancó la ropa violentamente. Cortando la piel de paso. El dolor hizo reaccionar la mente del violador y comenzó a gritar con terror al ver a su verdugo. Trató de defenderse y con su tamaño y peso lo sometió. Lo clavó frente a su "hermano" de andanzas. A él solo le iba a dar siete minutos de vida. Lo castró sin más. Y ese asqueroso miembro lo metió en la boca del muerto. Gritaba de dolor obligado a mirar como el muerto se tragaba su miembro. Un hombre se desangra castrado en no más de 10 minutos, así que el proceso con él fue más rápido. Anestesiado, solo lo abrió en dos. Empezó en el ano. Introdujo el cuchillo y su filo perfecto lo fue cortando como mantequilla. El tipo gritaba y no de dolor, solo de saber que era lo que hacía. Llegó a su vientre y él miraba en silencio. En su mente gritaba, pero sus cuerdas enmudecieron de impresión. Sus intestinos salieron. Era un cuerpo inerte partido en dos.
Salió a la sala. El fuego estaba apagado desde hace un rato. Desnudó su cuerpo y tiró las ropas en el cuarto de los niños. Se lavó con agua helada. se puso la ropa de repuesto. Roció toda la cabaña con la gasolina que dejaron para la camioneta. Salió a respirar el fresco de la madrugada y cuando amanecía prendió un cigarro y arrojó la cerilla a la entrada. Todo ardió en segundos. Una pira funeraria para mandar al infierno a eso dos.
Justo en ese momento las luces inconfundibles y las sirenas le anunciaban el fin de su viaje. Hoy es mi cumpleaños, hace 20 años me escapé de esos dos, hoy libero al mundo de dos demonios más. Ojalá viviera eternamente, no me molesta hacer el trabajo sucio de limpiar la basura humana que existe.
Cuando lo rodearon y pidieron que levantara las manos, la vio, la especialista en psicología y psiquiatría. La que los ayudaba a buscar el perfil que tenía. Se acercaba, con calma, hacia él. Hablando suavemente, diciéndole Ríndete. La mujer a la que le escribió alguna vez.
Se que intentas averiguar quien soy, de donde vengo y cuál es mi razón. Entrar a mi locura y encontrar el camino al centro del laberinto. Eres fuerte y estas dispuesta a sortear los cuerpos destrozados, los niños salvados y los recovecos oscuros de callejones sin salidas. Eres perfecta en tu papel de analista. Pero tu y yo sabemos que hay que compartir la locura para entender al otro. Dime quien fue y lo puedo destrozar por ti. Por que yo soy la espada de Dios, el tridente del Diablo, yo soy el ejecutor.
Esa carta la escribió con esmero, le envió un correo, pero la carta en papel la cargaba siempre, junto al corazón. Sonreía recordando esa carta y cuando intentó tomarla de su bolsillo, los gritos y amenazas empezaron. La veía venir, con esa luz tan grande que la rodeaba. Pensaba en la redención que necesitaba. Atrás de él la pira ardía. Sus llamas lamían su espalda, su cuello. Su demonio le susurraba Es hora. Dicen que todo asesino en serie busca ser reconocido por su trabajo. Que todos dejan pistas para que el más digno lo encuentre. El demonio hizo todo el camino para ella. Le recordaba tanto a su madre. Metió la mano en el bolsillo y una nube de pólvora se esparció por el ambiente. Después solo observaba el cielo estrellado sin Luna.
Una noche perfecta para salir a cazar, ya casi llego, te voy a encontrar.
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