jueves, 8 de agosto de 2013

Lago 3. Juntos

3

Su voz era profunda, como el lobo gigante que en realidad era. No lo veía, lo sabía, lo sentía. Su piel crepitaba al escuchar el relato de como llegó a ser humano, de como la observaba. Ella sonreía, sabía que era él. El olor, la voz, la devoción mutua calentaba su piel. Iguales. Pensaba.

El hablaba, pero empezó a oler el calor de su piel. El aroma que tenía, tan sutil subiendo de tono. Le contó la historia de su cambio. El la percibía revolverse en dudas, en anhelos, en deseo...


El deseo y el anhelo los atacó a los dos, al unísono. Se levantaron y cayeron en brazos del otro. Sin decir nada, el tocó su cara, ella acarició su mano. Ese simple roce fue suficiente para terminar encendiendo el fuego. En medio de ese calor ninguno se percató de la chimenea que se encendía sola, de los lobos aullando afuera y la lluvia cayendo. Los besos suaves, a veces mordiendo. Ella jugando con él, guiándolo, enseñándole. Hasta que el tomó el control de ella. Entendía el placer que había visto, el placer que ella quería y la fuerza del lobo que anhelaba. El dominio del Alfa.

La aprisionó contra la pared y comenzó a morder su nuca, ella arqueó la espalda y empujo sus caderas sobre el miembro duro y perfecto de él. La tomó fuerte por el cabello y echó su cabeza hacia atrás para besarle mordiendo fuerte su boca. Devoró su lengua, su aliento y la hizo gemir. Con otra mano presiono su sexo húmedo y jugó con ella. Sus dedos hundidos en ella, lo hicieron gruñir. Aprisionó su cuerpo más duro contra la pared. Restregó su sexo duro, grande y húmedo con su espalda. El era grande y ella peligrosamente pequeña. Por momentos sentía que la podía romper pero recordaba las cacerías con ella y por muy pequeña que fuera era letal. Ella intentó liberarse, salvaje, indómita, queriendo el control. Pero él no se lo permitió. La puso frente a él, la beso aprisionando sus manos arriba de su cabeza y con la otra la penetró fuerte, con esos dedos largos tocando la gloria de su rosada humedad. La escucho gruñir, mordiendo su boca. Sosteniendo aún sus manos, bajó hasta esos labios húmedos y oscuros y lamió fuerte y constante. A nada de hacerlo, ella estalló en un grito que el ahogó presionando su cuello, fuerte, dejándola corta de respiración. Ella intentó zafarse de esa deliciosa prisión, pero el placer de la asfixia y la lengua arremetiendo contra su húmedo sexo, la detenía. Cada vez más cerca de la oscuridad, cada vez más cerca de la muerte. Cada vez más cerca de surgir...

La soltó, respiró. Mal hecho escuchó él y de reojo observó la otra que lo transformó en humano, al lado de su hembra humana. Entendió que para liberar a la fiera había que matar a la humana. Dilema. El podía asesinar a sangre fría a cualquiera, pero no a ella. La tomo por la cintura la penetró contra la pared, fuerte, duro, simplemente se deslizó dentro de ella. Inaudito placer ser abrazado por esa carne húmeda que ardía. Escocía sus sentidos. Su sexo duro palpitaba con cada empuje, ella correspondía con besos, dulces, duros, salvajes por momento. Apretaba su sexo con esos músculos lisos y fuertes. Lo hacía sentir más placentero. Quería que él estallara dentro de ella. Quería verlo en sus ojos. Observar el fuego que había en ellos, el fuego que ella provocaba. La llevó a la cama y la puso bocabajo. Ella alzó las caderas como animal en celo. Él había soñado con tomarla de esa manera, salvaje, montado en ella, guiándola al placer, estallar en ella. La tomó fuerte de la cadera y la penetró, suave, cadencioso y ella lo miró. Sonriendo le susurró Amarok, mío al fin... La llevó al fin de otro orgasmo. La sintió rendirse ante él. Dejó de luchar y se entregó dulce. Su igual, su hembra, su compañera... Tenía que morir. La puso boca arriba y besó cada uno de su ojos, bajo a sus hombros y llenó de besos suaves y lánguidos los recovecos. Lamió rincones húmedos y dulces. Aprisionó sus pezones duros y expectantes con su lengua, sus labios chuparon la puntas erectas, la llevó casi al orgasmo con todos esos juegos. El roce tenue de sus dedos sobre la suave piel de ella. Descubriendo cada músculo, cada hueso, cada suspiro, dejando su esencia en ella. Marcándola por siempre, repeliendo los olores remanentes de sus antiguos amores. La besó largo, suave y justo en ese momento dulce, la penetró lento. Haciendo estallar el orgasmo anhelante de su cuerpo. Un gemido gutural, profundo y animal surgió del pecho de ella. Cuando el escuchó y sintió la marca de ella en él, el estalló su cimiente en la profundidad húmeda y fuerte de su cuerpo. Uno solo. Almas unidas. Pero faltaba morir... 

Debes hacerlo si la quieres ver surgir. Escucho la voz de la otra la observó al lado de ella. Yo soy ella, ella soy yo, somos una, confía en mí, no la voy a perder. Cerró los ojos, los abrió y observó a la fiera anhelando surgir, la besó y presionó su cuello, apretando cada vez más, su pequeño cuerpo se debatía bajo el peso de él. Miró en sus ojos esa decepción de pensarse traicionada por él, por su lobo humano. Le dijo llorando. Confía en mi, la fiera tiene que salir, esta es la única manera. Seremos uno después. Observó la desesperación y la incomprensión en su mirada. Al final casi al expirar observó como la fiera surgía y le daba razón al cerebro. Su mirada cambió y volvió más poderosa, llena de entendimiento. Por fin pensó él. Ella murió... La humana, falleció. Llévala afuera...

Minutos después la manada aulló, el salió de la cabaña y se enfrentó a la Alfa. Ella lo esquivó y corrió hacia su "madre". La lamió, la empujó con su nariz fría y al final lloró, se recostó junto a ella. Se levantó aullando dolorosamente. El salió corriendo, no podía ver el sufrimiento de esa dulce hembra. Ahí las dejó, en ese mágico claro iluminado por una luna plena, llena, reflejando la luz del sol que da vida. Alumbraba la oscuridad del bosque. En la oscuridad siempre hay una luz que ilumina todo. Antes de comenzar a correr vio como la otra se erguía del cuerpo inerte de su amada humana, dirigiéndose a la casa donde cientos de velas se encendieron con solo un movimiento de ella.

Mientras el corría, la manada aullaba. Corrió hasta agotarse y al final se guareció en el hueco de un gran árbol donde ella y él a veces dormían durante el día. 

Al despertar era el lobo gigante, el monstruo cazador, el demonio encantado... Aulló, no sabía que había pasado. La manada respondió y corrió hacia ellos, veloz, ágil, extrañaba su forma. Cuando los encontró lo guiaron al claro, a la cabaña. Su humana no estaba, no había nadie. La hembra Alfa de la manada estaba sentada, expectante. Esperaba algo. No se había movido en toda la noche. Él aulló, dolorosamente, al recordar la noche anterior. La Alfa solo lo miró sonriente de soslayo. El aire se llenó del aroma de ella, su humana, distinto pero era ella. Olía a fuego, a leña, a dulce, a ella... La vio surgir de las profundidades del bosque, del otro lado del claro. Frente a él. La manada aulló recibiéndola. Ahí estaba hermosa como siempre. Fuerte, valiente, la fiera que amaba. Caminaron al centro del claro, reconociendo, olfateando. Ese sentido de pertenencia que los unía. Ella era casi tan grande como él, el pelaje de ella era completamente negro, con unos ojos amarillos como el sol. La olfateó y ambos cayeron en "brazos" del otro. Hundieron la nariz en el cuello del otro. Por fin...


Fieras salvajes
Corriendo libres
Unidos, juntos.
Demonio y bruja.


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