viernes, 11 de abril de 2014

El café

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Sentado en la barra de esa cocina. Tomando un café observaba con cierta indiferencia el mobiliario de la casa. Todo con ese toque impersonal. Los detalles añadidos eran fotos, libros, detalles de turista. Era tan feliz y siempre esperaba por ella, que llegara, que se sentara y compartiera un café con él ¿Hace cuanto no la veía? Todo parecía extraño. Todo confuso, como brumoso. Sus recuerdos se mezclaban y por momentos le parecía escuchar gritos que venían de la puerta que tenía atrancada. Se levantó de la barra, lavó la taza, la taza que siempre usaba, la taza que ella le regaló por su cumpleaños. Pero al fijarse era una simple taza blanca de espresso. ¡Vaya! Se había confundido. Raro, ya que siempre usaba la misma taza todos los días. En fin, otro día que ella no llegaba antes de que el saliera. Cerró la puerta y tomó el auto.

En la noche la televisión estaba prendida, otra taza blanca para espresso en el escurridor. Olía a café recién hecho. Pensaba en la alegría de verla ¡Que gusto que viniera! Escuchó por un segundo gritos a lo lejos. Extraño, pensaba. Debía ser una fiesta o algo parecido ¿Dónde estaba ella? Parecía que había salido de prisa. La cama revuelta, el olor a café, la televisión prendida... Nuevamente, extraño. Que raros momentos que últimamente estaba viviendo. Se olvidó de todo y comenzó a buscar su taza. ¿Dónde podría estar? Abrió gavetas, busco en todos lados, hasta reviso el armario. Nada, la taza no estaba. La taza roja que amaba. Sencilla, hermosa. Como ella. ¡Dios mío! Seguro la había roto y por eso no estaba. Debe haberlo olvidado con tanto trabajo. Tenía que buscar otra. Saldría a la tienda donde sabía que ella la había adquirido. Tal vez cuando regresara ella estaría de vuelta.

Una mañana, un café sobre la barra de la cocina. Tibio. Hace unos minutos había estado ahí. Seguro se cruzaron en el auto. Sale a la calle y observa por si viene de regreso. Tal vez lo vio y dio la vuelta. Nada, cuando entra, cierra la puerta, voltea a la sala y la ve por fin. Sentada con un café en la mano. Lo mira. Él atónito por qué parecía que no la veía en años. El cabello largo (¿no lo traía corto?), mucho más delgada (¿Qué pasó con su culo hermoso?), ojerosa (Está trabajando de más), algo triste (Otra vez preocupada por mi). Se sienta junta a ella, le toca la mano. Ella voltea, le sonríe...

- Te extraño.
- Yo a ti hermosa.
- Pero no podemos seguir así.
- ¿Qué pasa?
- Yo viniendo a verte, solo de visita.
- Quédate, por siempre.
- A veces, es solo un segundo.
- Ay Alicia y el conejo...
- Es en serio.

El café seguía intacto. No lo tomaba, ella que amaba el café, tanto como el agua limpia.

- Puedes quedarte todo el tiempo que así lo desees.
- No puedo, tengo que irme.
- No quiero.
- Ese es el problema.
- ¿Cuál?
- Que no me dejas ir y yo tengo que irme. Me preocupa que seas así de solitario.
- Es que no quiero a nadie más.
- Es que yo no puedo estar siempre.
- Solo lo suficiente, una vida.
- Amor...
- Dime...
- Estoy muerta, recuerda...

Los gritos llegaron a su cabeza, mejor dicho, provenían de su cabeza. Los recuerdos surgieron. Ella acariciaba su cara y le sonreía con tristeza. Ahora recordaba.

Una noche regresaba del trabajo, ella en casa con un "amigo". El la encuentra en medio de carcajadas. El se nubla y corre al amigo. Se acerca a ella, le pega un bofetón que le saca sangre, ella grita, la calla, le cubre la boca con la mano. Ella asustada deja de gritar. El la amarra, la guarda en el sótano, la encadena y la deja amordazada. La escuchó sollozar toda la noche, las cadenas sonaban y más en la madrugada, había ratas en el sótano y eso la torturaba. La sangre que corría de su cara las atraía. Así hasta tres días después. Cuando no la escuchaba, bajó al sótano. Encadenada, muerta, las ratas habían devorado su boca, su delgada boca, sus ojos... Comenzó a gritar, quitó las cadenas... No, no, no, no, no, no... Solo era una lección... 

- Así es amor. No me dejas ir. Sigo en el jardín trasero.

La acuesta en la cama y fumiga la casa entera, no más ratas. Días pasan antes de decir enterrarla en el jardín trasero. Una noche de luna llena y lleno de estrellas. Las estrellas que tanto añoraba. Nunca entendió eso ¿Por qué tantas ganas de recorrer las estrellas? De vivir por siempre entre ellas... Bueno por lo menos desde ahí las vería siempre... 

- Déjame ir... Déjame regresar a las estrellas.
- No puedo, lo siento tanto, no quería hacerlo.
- Lo hiciste y no hay remedio. Déjame ir.
- No quiero.
- Me voy a enojar...

Comenzó a sentir frío y a escuchar pequeños chillidos. La puerta del sótano comenzó a vibrar. 

- Me voy a enojar...

La puerta retumbaba, se abrió y una ola de ratas inundó la sala. Comenzó a gritar. Y las ratas se subían en él. 

- Estoy enojada...

De las escaleras, subiendo, salió ella. Con la carne putrefacta, cayendo a pedazos, sin labios, las cuencas vacías, la ropa raída y llena de tierra. Se acercaba. Los dedos carcomidos tocaron su cara, acariciaron su boca y el frío era insoportable. Las ratas comenzaron a morder, el estaba paralizado. Ella se acercó más y por fin lo besó. Su lengua y metiéndose en su boca. Sus dientes mordiendo sus labios. Cada vez más fuerte y más, hasta que arranco sus labios y la vio engullirlos sin masticarlos. Las ratas seguían devorando el resto y ella se dedicaba a su boca exclusivamente. Paralizado, su lengua fue arrancada y esa sí... masticada.

Cuando todo terminó, ella se sentó a observarlo... Mientras expiraba.

- Sigo enojada. Solo tenías que dejarme ir. Ahora viviremos por siempre en la casa. Y voy a hacer que revivas esta noche cada día. Por siempre... Como llevamos haciendo desde hace años...










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