Visito mis jaulas, mi colección privada. Colgando de la pared como trofeos de caza ¡Que hermosa vista! Me visto de gala para pasar tocando los barrotes de cada una de ellas y recordarles, mis niños, que no los olvido.
Tú, que te tengo en un avión, deseando que ese momento llegue.
A ti, que te tengo tomando whisky eternamente en esa tu penitencia.
Ese, que lo hice perder la cordura abriéndome el vientre y derramando mis entrañas en él atado de pies y manos.
Aquella, que se volvió loca porque su dulce y perfecto novio se suicidó frente a ella.
Él, que deja morir a su hija por un pacto con Ella.
Aquel patán que tengo muerto en vida, con un infierno dentro de otro.
Un imbécil que tengo encofrado en concreto.
La fiera que tengo dando vueltas suelta en el cuarto, aquella que liberé asesinando a su propio dueño.
Son tantos. Y todos ustedes mis niños, son hermosos, preciosos, perfectos. O por lo menos, yo así los veo. Los disfruto enormemente. Los acaricio con una sonrisa llena de melancolía. Quien dijera que desearía volver a cazarlos y ponerlos nuevamente en estas, sus jaulas particulares.
Y los que más me gustan son los que causan todo esto:
Ese bello efluvio llamado amor.
El perfecto gigante enano llamado Ego.
Él, esa estrella del amanecer que pocas veces aparece y cuando lo hace trae pactos y sonrisas.
y Ella mi favorita, la dulce dama que se acerca con una sonrisa y te lleva con un chasquido.
Todos combinándose para tener este bello repertorio que admiro.
Y sigo resintiendo, el no poder atrapar a uno solo. No lo he logrado bien, se escapa y hace un destrozos. Miserable, de esos que describe Victor Hugo. Pero pronto te cazaré como a las perdices... Y entonces...
Viviré feliz comiendo perdiz...
Hasta mi próximo antojo.
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