Suelto las riendas justo al filo del acantilado y abro los ojos antes de caer al mar helado. Recibo el golpe consciente y me hundo en la fría sensación de una muerte segura.
Mi corazón late con fuerza para tratar de darme calor y en el último latido me transformo en el dolor. Ahora soy yo la que hace doler con frialdad y una sonrisa. De rodillas las memorias suplican seguir viviendo en el calor que antes conocían.
Las miro desde arriba y comprenden que el poder ya no está de su lado, la balanza se ha equivocado y vivían la ilusión de tener el control.
Ahora mi oscuridad ruge con ciertas presencias. Mis secretos se entrelazan con los tuyos. Devoro pecados e incito a cometer más. Brillas con cada uno de ellos y te llevo a un pequeño paraíso. Vuelvo de rodillas a Dios y prometo con una sonrisa de soslayo que nunca más sucederá. Pero siempre regreso a ese río demencial que corre por tu mente y termino hundiéndome como en bautizo prohibido. En silencio, entre fotografías y frases, sueños húmedos y un crepúsculo oscuro eterno. Conoces un sin fin de los cuartos ocultos que guardo en pleno sol, de los recovecos en penumbras que te llevan a otra dimensión. De los lados soleados que ocultan grietas profundas de dolor. Y conservo esos lugares de muerte, transformados en memoria.
Te cedo las riendas de mi carruaje, observo que devoras el poder que te doy y en silencio, expectante, espero que surja tu miedo a todo lo que soy. Para finalmente guardarte en un cajón de memorias de corazones palpitantes y cuidarte hasta que tu calor se apague y no haya un deje de dolor.
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