Guardada en un cajón como carta prohibida o solo muy querida. Resguardada de las miradas indiscretas, de las mentes curiosas, los egos maliciosos o los espíritus débiles. Ahí están sus desatinos, osadías y confesiones. Todo eso que la hace tan tuya como tú de ella.
Guardada en un silencio oscuro, donde solo resuenan ecos de sexo y algunos lamentos. Si prendes la luz todo se desvanece, sonidos y murmullos se apagan y las imágenes se ven desgastadas. Porque en el cajón habitan las penumbras y solo se abre de noche, cuando todo duerme y los grillos cantan.
Guardada bajo llave, para que nadie entre y se robe momentos o se asombre con la palabra desnuda del deseo. Para que la honestidad de todo eso no sea motivo de envidia, celos o mal manejo de un ego herido.
A veces lo que se guarda en un cajón se olvida por un momento, se archivan los recuerdos y deseos. Que luego resurgen cuando por error abres el cajón del olvido y sacas esa carta amarilla que huele a humedad y de milagro no se rompe al abrirla. Suspiras y casi lloras con todos los recuerdos que te abruman e inundan, como presa que abre sus compuertas.
Te detienes y cierras los ojos, controlando el latir de tu corazón en las lágrimas que llenan tu mirada. Contienes el aliento y te fuerzas a sentir sin que te derrote el recuerdo. Comienzas a leer todo y mirar las fotos. Antes devorabas palabras, imágenes, tu mente volaba sin reparar en lo había en los espacios en blanco. Ahora, con paciencia, miras esos espacios y encuentras hormigas muertas. Todas ellas unidas por una mente común, murieron llevando azúcar, dulce, miel y amor a todas las curvas y ángulos de las letras, a los bordes de las imágenes.
Nuevamente te obligas a no llorar al descubrir ese calor que hace mucho no sentías, el dolor de haber olvidado ese cajón con su carta llena de manchas de tinta, tan imperfecta como quien la escribió. Pero tan real que piensas que no es verdad y solo es un sueño raro.
Sin saber que hacer con ella, doblas la carta, mojada de tu sudor y lágrimas. Dudas de guardarla nuevamente porque sabes que no serás tu el siguiente en abrir otra vez el cajón. Dudas de tenerla contigo por temor a que vean quien has sido en ella. ¿Será que podrás regresarla a la remitente? Al final decides quemarla, borrarla de la faz de la tierra. Al verla arder una última vez, pero de distinta manera a como la hacías arder antes de olvidarla, te preguntas que habrá hecho ella con tu memoria. Y de pronto recuerdas que ella siempre te decía: Te borro todos los días, no guardo un ápice de ti. Solo vivo del recuerdo y la memoria, hasta que alguna falle y me pierda en el vacío de olvidar mi vida. Solo que ahora has leído entre líneas y sabes que también vives en su corazón.
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