martes, 29 de julio de 2014

La Talibana ( @torturayampein )

Intro: 

Solo he sido la escriba de emociones, sensaciones y tal vez un sentimiento. He sido solo la que acomoda las palabras para hacer llegar esa brasa a un destinatario y comenzar un incendio. Solo he sido amiga de quien me ha pedido serlo. Esta historia no es mía, solo supe como escribirla.


La Talibana


Se admira en el espejo y la expectativa de ir a su encuentro, le llena la mirada de brillo. La llamada de dos palabras “Te espero”, provoca en su ropa interior una marca de humedad desde que ve el número parpadear en la pantalla. Todo incluye un poco más que pensamientos. La respiración se entrecorta, su lasciva mente brota y la comisura de los labios se tuerce en una sonrisa torva. El corazón desbocado anticipando el tormento que anhela su piel. Nada de amor, el corazón se agita de adrenalina, de toxinas, cero dulzura. Eso acá no entra. Sus recuerdos se abalanzan sobre ella como una tempestad que eriza su piel. Sus encuentros anteriores pasan por su mente como un tráiler de películas, con argumentos inciertos, llena de inseguridades, con la meta final de querer volver por más.

Tiene licencia de besarle como queriendo tragarlo entero. Silencio hasta llegar a ese rincón, que está adaptado para la batalla próxima a librar. El lugar pende entre lo humano y la oscuridad del placer doloroso. Una penumbra de suaves velas alumbrando lo necesario. Recorre la habitación con la vista, lo suficiente para saber dónde sucederán los mejores momentos. Látigo, fusta, cuerdas… Cada uno de ellos un placer intenso, distinto y un dolor particular y delicioso. Lo mejor de todo es la mirada de Él, la recorre, disfrutando mentalmente todo lo que ya ha planeado para ella. Toda variante que pueda surgir en este camino de fortaleza. Le sonríe mostrando todos los dientes, un lobo. Ella tiembla y entrecierra los ojos. Su piel sabe de memoria las duras marcas en sus hombros, en su culo.

Se acerca a ella, que sigue de pie cerca de la cama. Toma su cara con fuerza y la besa. Muerde su lengua y una descarga de electricidad la recorre y hace que gima. Lame sus labios y escucha:

Mi puta

Su puta, sí. Entregada a él, totalmente libre. Ella no decide nada.

Desvístete.

Con calma, como a Él le gusta. Se desprende de todo y se pone a sus pies. De pronto se pierde toda imagen. Puro poder sensorial. En ese oscuro silencio nunca se sabe que va a pasar. Porqué ese hombre tiene boca y manos de fuego. Queman hasta llegar a sus entrañas y las deshacen. Esas manos aprietan y estremecen, hasta pensar que va a desfallecer en ellas. Esa boca abre y cierra puertas que ni ella misma se conocía. Él la enloquece, la domina. Su sexo, demandante de urgente sosiego. Ella arde en el más excitante y desconocido de los infiernos que se pueden vivir.

La paciencia y el silencio se vuelven angustia en el cuerpo de ella. Hasta que una mano aprieta su carne, una boca succiona un pezón con fuerza, con dolor. La mano baja y pellizca ese clítoris anhelante, los dedos prueban la humedad y una risa grave de complacencia inunda sus oídos. Y así comienza todo. Vienen las cuerdas, que queman, rozan y aprietan. Lo huele ansioso de ella, pero controlado. Llegan las caricias en las nalgas con la suave punta de la fusta. Ella se endurece, suspira y sostiene la respiración, anticipando lo que viene. La fusta se estrella con fuerza en su carne suave. Una, dos, tres veces. Gime y se quita la camisa. La toma del cuello por detrás. “Mi puta” y baja la mano hasta ese clítoris hinchado mientras le corta la respiración. A su merced. El orgasmo está llegando y la crueldad de soltarla justo antes. Duele, arde, la ansiedad se vuelve angustia. El juego sigue. 

Ella vive loca por ese hombre que transforma un acto natural en algo animal, descontrolado, sobrenatural. Pronto todo va al ritmo de los gemidos, los fluidos corren. La cabalga demencialmente, la provoca hasta hacerla correr más veces de lo que puede soportar. La adrenalina y el corazón bombean con fuerza y el dolor no se siente, lo disfruta en deleite sensorial. Ambos ceden dementes ante la majestuosa demostración de poder, de fortaleza. La danza diabólica, el jinete de su propia destrucción aminora su paso y explota en ella. 

Los cuerpos exhaustos caen. La piel caliente, ardiendo todavía comienza a calmarse con agua. El cigarrillo trae más calma a las pieles. El verdadero dolor comienza. Sin toxinas, sin adrenalina y el desgaste. Dolor, placentero dolor. Todo comienza a volver a su lugar. Charla al azar, un beso suave y silente. Las miradas llenas de promesas de más.

Al final… No es un final. 

La ansiedad comienza una vez más

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