Recién, cuando terminé de leerla, se me llenaron los sentidos de ella, de mi ciudad, que es suya porque ahí nació y yo la adopté como mía.
Se me llenó el corazón de tristeza cuando recordé esa calle donde los sábados la dejaba para verlo a él y yo... me iba desolado.
Se me llenó el olfato de amor cuando recuperé el perfume de ese fin de semana cuando pintamos su apartamento, con la gata espantada.
Se me llenó el paladar del aroma a cilantro y chile, del perfume a tortilla recién hecha; de cuando nos atragantábamos con tacos y cervezas. Salíamos plenos de felicidad caminando por nuestra colonia.
Se me llenó el tacto de ti, desnudándote delante de mi, aquella mañana debajo del marco de la puerta del pasillo frente al baño...
Tantos innumerables detalles mi amor, tantas imborrables imágenes, tan bonitas como inmensas las sensaciones que me producen.
Se me llenó de orgullo el ego, cuando en la cocina de nuestro piso (aunque siempre estuviste de visita viviendo conmigo), recostada sobre la lavadora desnuda y con una copa de vino en tu mano, me hiciste prometerte que cuando muriera, debían (desde algún sitio) llegarte un poco de mis cenizas.
Ahora te estoy leyendo, con la urna abrazada. Porque las cenizas de esa mujer maravillosa que amo siempre, eternamente, llegaron antes de que yo me fuera. Una amarga sonrisa cubre mi rostro, mientras ruedan mis lágrimas pensando que no la volvería a tener entre mis manos. Nadie osa interrumpirme en mi triste silencio. Mis hijas desaparecen de mi vista, no están más, no veo a nadie, yo estoy en nuestro apartamento de la Ciudad de México. Veo como sonríes al sol, mientras bebes el vino que te he servido y comes otra empanada de las muchas que hemos preparado. Mis nudillos están blancos de la fuerza con la que aprieto lo que sostengo entre ellas. No quiero ver tu urna porque se que te desvanecerías. Y todavía no estoy listo para dejarte ir.
Una empanada más, una copa más, un baile más y me tendrás que dejar marchar.
Te respondo que si y tu risa inunda mis oídos.
Solo una más y te vas
Respondo al tiempo que me paro para bailar contigo. Nadie se atreve a interrumpir nuestro último baile. La música suena y es esa triste canción de la película, de esa basada en aquel libro que amábamos. Ese libro que nos hizo llorar El amor en los tiempos del cólera. La canción adecuada a nuestro último momento "Despedida". Beso tus bellos ojos oscuros, hembra hermosa, musito. Sonríes triste, como siempre.
No llores... (Limpias mis lágrimas)... Siempre te espere y no voy a dejar de hacerlo.
La música termina y me das un beso, con sabor a dulce vino. Comienzas a desvanecerte y veo como dices Yo regreso por ti.
Cada día al dormir espero por ti.
Cada día al despertar espero verte a mi lado dándome la espalda para comenzar a acariciarla.
Cada día lo sobrellevo para poder escuchar al fin...
Despierta, he llegado por ti, es hora de partir junto a mi.
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