El 6 de marzo de este 2025 es hito que marca nuestra vida y sigo diciendo nuestra porque aunque lejos, la compartíamos. En un despertar agreste, con angustia y dolor has decidido irte y soltar. Miraste con lágrimas en los ojos el molde que te contenía, le diste gracias por tanto y pensaste "¿Qué más?". Mientras una mano fría guiaba tu andar.
Yo me pongo a pensar que será de los fantasmas cuando las casas se derrumben, cuando nadie más les diga te quiero o que los extrañan, cuando la humanidad al final se apague y no queden ni migajas de su grandeza. Me pregunto por un segundo que pasará conmigo cuando nadie más escuche mis lamentos y comienzo a imaginar.
Caminaré por los bosques húmedos sin ruidos humanos, solo los murmullos de la vida silvestre y las gotas de lluvia cayendo. La neblina avanzando y la noche llegando. Ahí estaremos juntos ángeles caídos, almas bondadosas, monstruos etéreos y dioses olvidados en una sinfonía de lamentos apagados.
En un arranque de franca rebeldía, de aquellos que me caracterizan, volvería a la vida en un fugaz colibrí, como aquel que sostuve ese 6 de marzo en sus últimos momentos de vida sin saber que eras tú el que se despedía. Al que le dije que dejará de batallar mientras lo abrazaba contra mi corazón. En esa frágil vida reencarnaría, para morir cada noche al dormir y renacer en cada amanecer. Viviendo cada aleteo sabiendo que pronto he de morir, probando las mieles de cada flor. Y así cada día hasta volver al ciclo de lamentos de alma perdida.
Debo decir que he de pedir que me lleven a un bosque a morir, me entierren junto a un tronco caído y que mi alma habite ese espacio. Que se haga amiga de las bestias y flores, mientras me lamento no estar a tu lado en el mar donde te han sepultado. Porque no se que haría entre ballenas y moluscos, perdida en las corrientes, creando tifones para encontrarte. Cuando sé que no estarías entre tiburones ni pingüinos, porque tu has ido al cielo que no me incluye a mi.
Estoy consciente que soy una católica pecadora, que merece el infierno, pero que hasta ese lugar me rechaza por no estar a la altura de ninguno de sus círculos, aunque yo diga que sí, que Cleopatra y Marco Antonio me esperan con lujuria. Entonces me quedo en el limbo de la tierra, lamentando tu partida, deseando que el mundo explote para comenzar a vagar por el universo como mota de polvo, hasta fusionarme con alguna estrella o hundirme en un hoyo negro hacia otra dimensión.
Y me parece inaudito que aunque no me mueva, la constante de mi camino sea el cambio drástico. Donde la vida y la muerte se conjugan en una danza hermosa y oscura a mi alrededor. Ellas me sonríen mientras giran y miran. Una toca mi hombro y la vida hermosa y rolliza, me abraza con su amor, su pecho suave y materno me hace sentir el calor de las posibilidades que se abren en este nuevo mundo. Me pide riendo que me adapte a los vacíos que quedan aunque sean de cariños que apenas rozan el corazón. Me lleno de lágrimas y me besa en la mejilla para decirme al oído que pronto habrá algo mejor. Yo solo pienso qué puede ser mejor que tu. Ella escuchando mis pensamientos mira a mis ojos y dice: Lo diferente muchas veces es mejor.
De pronto siento el revuelo de soltarme y aparecer en los brazos de un ser cadavérico que me sonríe con cuencas vacías y sin embargo veo mi reflejo en ese par de pozos sin fondo. Bailando en hermosa armonía, con la extraña sensación de calor a pesar del frío de ese cuerpo, sus labios casi fantasmales rozan mi oído y ante el escalofrío aprieta más su cuerpo contra el mío y dice: Al final todo va a estar bien. Justo lo que yo te dije al saber que sufrías porque no querías vivir así.
No he llegado al final de escribirte, porque aunque ya no leas esto, no deja de ser un conjuro que se eleva desde mi corazón hasta los cielos que habitas que se me tienen prohibidos, y no hay red que detenga mis palabras para este amor que morirá conmigo y mi olvido.
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