La pendeja tenía apenas 25, con el ímpetu de la vida. Joven, fresca y con ganas de conocer al amor de su vida. Creía haberlo encontrado en una noche, un hola y un adiós que se convirtió en un hasta luego. Llevaba ya un año con él pensando que pasaría el resto de su vida a su lado. Sopesando los caprichos de su ego y el de su pareja. Sobrellevando sus miedos y los de él. Siempre que él se enfrentaba a las dudas de la vida, las reflejaba haciendo miserable su vida con una frase, ella corría aterrada al baño, enferma, conteniendo las lágrimas que forzaban por salir en gritos y los ahogaba con una enfermedad sorpresiva en su cuerpo.
- No quiero verte, estoy aburrido de todo esto.
- Lo compré por obligación más que por gusto.
- No estoy para complicaciones en mi vida.
Lo dejaba, le contaba a su madre, estoica y sin lágrimas porque era su hija y las hijas de la señora no lloran por nimiedades. Su madre, a pesar de ser soltera y la fuerza de esa familia, la idiosincrasia la dominaba en temas del amor.
- Déjalo pensar, ya se le pasara, ten paciencia. Va a regresar.
Cuando debería haberle dicho.
- Ningún hombre, por maravilloso que sea, debe tratarte de esa manera.
Cuando debería haberle dicho.
- Ningún hombre, por maravilloso que sea, debe tratarte de esa manera.
Tampoco hay que mentir acerca de quien era la pendeja. Era un mujer en potencia, una mujer más grande que la mayoría de la gente de su edad. Observadora y con la mente abierta a aprender y mejorar. Pero su ego la domaba y era cuando ella perdía el piso de su realidad. Había que educarla con paciencia y algunas veces con dolor. Ese dolor que deja marcas en el alma, ese dolor que no toca la piel. Tenía que crecer.
Regresaba de comer cuando lo vio, perdido a los pies de la escalinata de la oficina. Observo como se acercaba mirándola y supuso que le diría algo. Cada vez más cerca lo miró a los ojos. Mirada verde amielada penetrante e insistente, sin miedo de ella y le sostuvo la mirada con una sonrisa cínica. Más por valentía que por coquetería. Algo le dijo. Algo que no alcanzó a entender. Y supo de la sorpresa que se llevaría al verla entrar en la oficina de donde él había salido. Lo último que observo antes de entrar, fue como volteaba para mirarla.
Viejo verde...
Viejo verde...
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