Tirada en el piso, con el dolor en el pecho y la sangre corriendo entre mis dedos la conocí. Se arrodilló a mi lado, tarareando una canción que me daba paz. Su sonrisa me hipnotizaba y su mano fría acariciando mi cabello me calentaba la espalda fría. Dos pozos por ojos donde nada había, solo inmensa paz.
- ¿Sabes? Siempre quise una hija. Una heredera.
No sabía que pensar, solo sentía el dolor que tenía por no poder procrear.
- Sería hermosa si la tuviera. Fuerte, fría, pero tierna y al mismo tiempo compasiva.
Pensaba en lo cierto de sus palabras, la humanidad debería ser así; compasiva. Pero el cuchillo en mi pecho me decía lo contrario. Ya que por unas monedas me habían roto el corazón.
- Si alguien aceptara ser mi hija, le concedería el poder sobre la vida.
Que poder tan grande ese, pero debe de tenerlo alguien que juzga sin egos de por medio.
- Esa hija debe ser inteligente, sabia y con capacidad para juzgar quien merece la muerte, cuando y porque.
Porque para llevarse una vida hay que discernir solo entre principio y fin. El bien y el mal lo juzgará alguien más.
- Tú, por ejemplo, serías perfecta. Esa dulzura en la mirada, la frialdad al juzgar, tu aceptación por el final... Perfecta al andar.
Acepto.
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