martes, 1 de octubre de 2013

Efímero

- ¿Que pasaría?
- Nada, me duele, pero no me rompo. Sigo.
- Entiendo.

Nada más triste, que el aviso del próximo abandono, formulado en pregunta. Previendo reacciones ¿Que esperaba? ¿Una puteada? ¿De qué sirve? Obligar a la persona que amas que pueden estar juntos a pesar de todo, no sirve si la otra persona sigue sin expiar sus propios demonios. Te hace sentir bajo la Espada de Damocles, siempre mirando en que momento cae. 


Demostrar el dolor que sentía por su virtual profecía, era retroceder en fortaleza. No, no le iba a demostrar lo que él ya sabía. La conocía de siempre, perfecto, sabía lo dura que podía llegar a ser exteriormente, pero también sabía que la única persona que la tocaba era él. Así que no, no iba a romper en llanto.

Salieron finalmente del restaurante y se despidieron con un beso ardiente como para no olvidarse, como para retenerse a pesar del tiempo. Cada uno se miró a los ojos cuál despedida sin ser una realmente. Esa chispa brincando entre uno y otro. Si dijeron adiós por fin, cada quien tomó un rumbo distinto, en la vida, en el camino y los anhelos.

Mientras uno luchaba por salir de ese abismo en el que se encontraba, la otra luchaba por seguir nadando a contra corriente. Esa visita a pesar de haber sido esclarecedora, fue devastadora. Sin embargo siempre veía lo mejor desde esa mirada llena de lágrimas.

Caminaba por calles y miraba la vida ajena con ojos llenos de curiosidad y cierto grado de sabiduría. Cuando se topó con esos ojos miel y dos metros de altura, mirándola de manera tierna y descarada. Era tan grande como un oso, pero esa mirada la podía conquistar. Ella con descaro se sentó a su lado y le sonrió. Sin decir ni una palabra se besaron. Como una pareja de años. Se intuían a la perfección, era esa piel que se llama, esa sangre que se huele. Eso aroma que despierta los instintos que traemos dormidos. Sí, no iba a pensar en absolutamente nadie, en nada. No tenía que llegar a ningún lado, a ninguna persona. Solo ese momento y ellos. Se refugiaron en el primer hotel que encontraron, no había porque escatimar con ese deseo momentáneo. Solo dos extraños cayendo uno en brazos del otro. Solo un momento que perdure por siempre.

La mirada cómplice mientras obtenían la habitación. Era de día, una mañana soleada y ellos se besaban en el ascensor sin el pudor que el lugar implicaba. Los observaban algunos con descaro y sonrisas, otros con miradas ofendidas. Ellos no estaban al tanto de semejante espectáculo. Eran uno en ese momento. Dejaban una estela de anhelo en otros. Las parejas casada se miraban preguntándose ¿Dónde dejamos nosotros ese deseo? Las nuevas parejas se miraban con el deseo en los ojos. Eso despertaban a su paso en otros.

Cuando entraron, el último resquicio de pudor acabó. Con la habitación inundada de sol, sin correr las cortinas, continuó besándola mientras la cargaba. Ella lo abrazaba con las piernas y sus manos entrelazadas fuerte en su nuca. El vestido ayudaba a que las manos de él tocaran los recónditos recovecos oscuros y húmedos, los pliegues que había antes de ellos. El calor se acrecentaba. La recargó suave contra la pared y por un momento se separaron, observaron el reflejo del deseo en los ojos del otro un simple espejo del momento. Los ojos miel llenos de anhelante dulzura, los ojos cafés anhelantes de deseo. Miel y piel. Combinaban perfecto en ese momento. Nadando en esa mirada él toco su cara, acariciando su mejilla y dos dedos entraron en su boca, ella succionó suave provocando que el cerrara los ojos de placer. Era una sensación que extrañaban, ambos, de pertenencia. Ella lamía los dedos con placer, el sentía cada recorrido de esa lengua. La miraba a los ojos mientras veía como mordía la punta de sus dedos. La paciencia que él tenía era infinita, la podía tomar en ese momento, arrancándole la ropa si quería, pero se detenía, para así prolongar lo efímero del momento. Beso su cuello, suave, lamiendo, erizando los finos vellos de los cuerpos. Ella suspiraba suave, sin decir nada. La recostó en la cama y suave le quitó la ropa, para deleitarse con su desnudo perfecto. Sin pudor ella se tendió en la cama dejando que la mirada la acariciara, con dulzura y deteniéndose en cada detalle, en los pocos lunares estratégicos que tenía, en la forma de gota de los senos, en las puntas oscuras de sus pezones erectos, en el cambio de color en los brazos, el cuello, la clavícula, el ombligo armonioso. El triángulo de la entrepierna los labios exteriores ligeramente abiertos dejando asomar los húmedos labios internos. Adivinaba el sabor que había en ese abismo de placer, el olor de esa piel se lo indicaba. La acarició, solo eso, mirando el recorrido de sus manos. Cada centímetro de piel desde el cabello rizado hasta la punto de los dedos de los pies. Guardó en su memoria táctil cada cambio de textura. Y con su boca y lengua recorrió cada rincón de su cuerpo sin detenerse demasiado en ninguno. Su intención era recolectar cada sabor para evocarlo en el momento correcto. Ella a su vez recolectó cada sensación y cada movimiento. Recopiló la mirada recorriendo cada músculo y cada escondrijo. Cuando el terminó, recargado en codo, pellizcaba un pezón suave y escuchaba cada suspiro, cada respiración y gesto de placer de ella. Ella volteó a verlo, se sentaron en la cama, ella desnuda, el completamente vestido. Comenzó a desabotonar la camisa. El observaba tranquilo las manos pequeñas de ella haciendo el trabajo titánico de desvestirlo. Cuando lo despojó de la camisa, tocó suavemente su piel. Su vello rizado y castaño claro en el pecho, los pezones rozados y pequeños, los hombros anchos, los brazos hasta entrelazar los dedos. Se puso a su espalda y la acarició admirando la constelación de pecas que tenía. Comenzó a besarlo suave y el cerro los ojos, apresando la sensación de esa boca fina y pequeña. Suspiró profundo demostrando el placer que ella prodigaba con ese simple gesto de recorrer su piel con su boca a besos. Sintió la sonrisa que provocó con eso en ella. Sonrisa que recordaría siempre que hiciera falta. Continuó desvistiéndolo y recorriendo su piel con besos y manos. Cada movimiento, suspiro, sonido, caricia y beso grabado en el fuego del deseo.

Había llegado el momento que cocinaron con caricias y besos, con miradas y suspiros. Recostados del lado mirándose, sonriendo se besaron. Con la pasión del deseo que se cocina con calma a fuego lento pero perpetuo. Las manos de él se detenían en la punta de los pezones pellizcando con la misma intensidad que ella hacía con los suyos, un espejo. Llegaron al sexo el mojó sus dedo en la boca de ella, prolongando su estadía en esa cavidad húmeda. Ella sintió ese miembro erecto, llorando pequeñas gotas de deseo. Ese sublime momento arrancó gemidos de sus gargantas, se besaron y la lucha comenzó. El acariciaba los pliegues, escuchándola gemir, disfrutando el olor que cada vez era más fuerte, besando fuerte esa boca delgada, sintiendo esa humedad que emanaba. La lubricación de ella le ayudaba a que sus dedos recorrieran cada rincón, desde el ano hasta el clítoris. Ella con dedos expertos y manos suaves recorría cada centímetro de su miembro, sus testículos y acariciaba suave su ano, dilatando con cada movimiento. Eran esa caldera hirviendo y estaban por estallar. De pronto entre besos, sintieron los cuerpos tensos, los músculos apretados, ella se acercaba al orgasmo, los movimientos involuntarios de las caderas de ambos, los besos cada vez más duros, los gemidos más profundos, la mano libre apresando. Llegó el orgasmo en ambos. Ella aprisionó con fuerza esa eyaculación y él apretó todavía más ese punto dentro y fuera de ella. Largo, delicioso, único. Se miraron sonriendo se abrazaron y la verdadera lucha comenzó. Esta vez la boca experta de él comenzó a detenerse con fuerza en cada lugar que descubrió perfecto para hacer gemir. La punta perfecta de sus senos, lo pellizco, mordisqueó y lamió con esmero, hasta hacerlos doler de tanto placer. Bajó al precipicio del deseo, abriendo con su lengua el paso entre sus pliegues. Bebió ávido el efluvio de su cuerpo, saboreando y olfateando. Su lengua riñendo con su recovecos, guiado por el sonido de sus suspiros, sus dedos entre su cabello, sus dedos hurgando en su boca, instalando dos dedos para estimular más esa vagina deliciosa. Lamía, mordía, hacia doler. Pero al final los gemidos se unieron en un grito de placer. Ello lo incitó a cambiar de postura, sintió el placer de entrar dentro de esa boca y se contuvo con esfuerzos. Mordían, lamían, chupaban y antes de gritar juntos, se separaron. Sentados se unieron, en esa comunión silenciosa. Despacio sin dificultad, él se hundió en ella. Un espasmo de placer los recorrió. El vaivén de caderas, las manos apresando y arañando, los besos agrestes. Las miradas y sonrisas, todos ingredientes prodigados sin reparos desde el amanecer hasta el siguiente día.

Despertaron juntos, abrazados, sonrientes y satisfechos. Como si lo llevaran haciendo años se bañaron juntos, disfrutando de las caricias enjabonadas. Al salir a la calle, se miraron fijamente, sonrientes bajaron la mirada a los pies. Se abrazaron fuerte y se despidieron con un beso ardiente como para no olvidarse, como para retenerse a pesar del tiempo. Cada uno se miró a los ojos cuál despedida sin ser una realmente. Esa chispa brincando entre uno y otro. Cada quien tomó un rumbo distinto, recordándose por siempre. Ese efímero momento encapsulado en sus mentes.

Cada alegría y tristeza, cada mezcla de sentimientos y emociones, cada momento puede ser parecido a otro vivido. Con cada recuerdo formamos una colección de nos define en cierta medida. Soltemos emociones y sentimientos y recordemos con sonrisas esos EFÍMEROS MOMENTOS.

1 comentario:

  1. Te leì...por primera vez en publico....

    Alguna vez ( creo ) estuvimos cerca....reconozco el olor de tu inspiración y sobre todo percibo en mi piel una cercania extrema, casi semenjante a dos que se conocen. Imaginación solo eso. Desde hace mucho tiempo admiro la intención de tu pluma

    Seguire leyendote inmensa Luna

    TV

    ResponderBorrar

Habla