Hola. Tanto tiempo de no contactarte. Tantas ganas de escribirte. No me atreví hasta este día. No sé si especial o simplemente se me hace fácil pensar que esta carta te llegaría.
Quisiera empezar por ofrecerte una disculpa; por alejarme sin decir adiós. Por dejar que problemas entre él y yo me alejaran de una maravillosa persona como tú. Debí haberte explicado el motivo de mi silencio. La ausencia que dejé al no escribirte más, la soledad que sentí al no ver más tus correos. Pero hoy después de 13 años vuelvo a hacerlo.
Hace no mucho me reencontré con él. Hablamos como si no hubiera pasado el tiempo, entrelazamos miradas como si nunca nos hubiéramos alejado. Tomamos café como hacíamos, en silencio. Me encanta la forma en que me dice "sos mundial morocha". Esa frase que me adjudico permanentemente. Después de ese breve encuentro como oasis en desierto, se marchó. A tu lado, a hacerte compañía. Me lo dijo y me salió una sonrisa al recordar toda nuestra correspondencia.
Después de un tiempo a tu lado y sus llamadas clandestinas por la noche para ocuparse del amor que nos tenemos, y para no volver a perdernos en el silencio de la distancia que duda de si todavía existe el otro o solo fue un error de comunicación. Me habló. Diciéndome que tu sabías de nuestra comunicación y nuestro amor. Me dijo que preguntaste por mi y que le contaste de nuestra divertida correspondencia. Me contó que mandaste saludos. Aunque después soñé que te despedías.
Eres esa persona que podía bromearle con cosas serias y hacerte reír con ellas. Como aquella vez que te dije de un embarazo (ficticio obviamente) y que ese era el verdadero motivo de casarnos. Te hizo brincar de alegría y luego al desmentirlo, dijeras entre carcajada "hija de puta" ¿Recuerdas?
Claro que sí, porque le contaste a él que yo era un "aparato". Le contaste la anécdota del embarazo. Él sorprendido de nuestra intimidad se rió con fuerza diciendo "hija de puta esa morocha linda". Y tu reíste a carcajadas con las últimas fuerzas que te quedaban.
El domingo 25 de marzo soñé contigo. Soñé las calles empedradas y llenas de lluvia. Soñé que me detenía en un kiosko a comprar una revista. Todo era gris y triste. Yo iba de blanco y él de negro. En un salón, un sacerdote decía amén y comenzaba la música. Lánguida y triste, él bailaba conmigo y lloraba; mientras yo besaba sus mejillas.
Y el 26 de marzo del 2012 tuve que consolarlo. Lloró tanto y tan mal estaba; que me rogó que nunca lo dejara. Lo que su dolor no le permitía ver era que nunca nos habíamos dejado, ni siquiera estando separados.
No tenía corazón para decirle lo mucho que te iba a extrañar. Lo mucho que me hubiera gustado platicar contigo. No tuve corazón para decirle que la muerte es un paso y solo nos queda aceptarlo. No quise decirle que a pesar de los años separados, tú siempre ibas a ser mi amiga, mi suegra. Solo pude tragarme mis palabras y consolarlo. Sé que eso querías cuando soñé tu funeral; e hiciste que visitara las calles tristes de tu Buenos Aires, de tu Argentina querida.
He aquí la carta que te debía querida mía.
Hasta luego suegra; mi eternidad se vuelve corta y tal vez (al menos eso espero) volveré a verte pronto y tendremos ese café en la muerte que en vida nos debemos.
Hermoso.
ResponderBorrarGracias. En verdad te agradezco leer y que te pareciera hermoso, que es lo que yo pretendía. La muerte no tiene porque ser fea.
Borrar